A pesar de todo, llámenme imprudente si quieren, seguimos apostando por el campo. Estos días hemos plantado en la finca 7 hectáreas de la variedad macabeo, una variedad autóctona, algo negrillera, pero muy productiva.
Campo de macabeo recién plantado (Foto: PS)
Los encargados de llevar a cabo la plantación han sido los Hermanos López, de Fontanars dels Alforins. Concretamente Dani López y su hijo Hermes, que continúa con el legado de su padre en una profesión en la que el relevo generacional es cada vez más escaso.
El campo donde hemos plantado macabeo anteriormente era de syrah. Sin embargo, una mala decisión en la elección del viverista y de la planta me ha llevado, varios años después de su plantación, a tener que arrancarla. En total, han sido casi 10 hectáreas.
El gran error que cometimos muchos viticultores, presionados por el bajo precio que las bodegas pagaban por las variedades autóctonas como la monastrell o la forcallá, fue arrancarlas para, en su lugar, plantar variedades francesas.
Hoy la situación ha cambiado.
Ahora las bodegas han vuelto a valorar las variedades autóctonas, fundamentalmente por dos motivos. El primero es que se adaptan mucho mejor a episodios como la sequía: son muchos más resistentes. He visto cómo variedades como la monastrell resisten mucho mejor a la sequía que, por ejemplo, la cabernet sauvignon.
Y, en segundo lugar, porque permite elaborar vinos mucho más estructurados y con una personalidad propia. No es ninguna casualidad que bodegueros de la zona como Rafa Cambra, Pablo Calatayud, Miguel Velázquez o Javi Revert apuesten por estas variedades y sus vinos estén entre los preferidos de Parker, como es el caso de Foradá, de Javi Revert, elaborado con arcos y garnacha.
Si hacemos casos a las cifras del sector, no es el mejor momento para el vino. A la caída del consumo se suma una saturación de la oferta, con cada vez más referencias en el mercado y una competencia creciente, tanto a nivel nacional como internacional.
A esto se añade un cambio en los hábitos de consumo, especialmente entre las generaciones más jóvenes, que se inclinan por otras bebidas o consumen vino de forma más ocasional. También influyen factores como el aumento de los costes de producción y la incertidumbre económica, que afectan tanto a productores como a consumidores. La situación geopolítica añade todavía más incertidumbre al sector. Por un lado, la guerra de Ucrania ha frenado drásticamente las exportaciones a Rusia, que era un mercado importante para muchas bodegas.
Y, por otro, lado, la amenaza- o la imposición- de aranceles a los productos europeos, entre ellos el vino, por parte de Donald Trump y su política errática, genera aún más inestabilidad en mercados clave como el estadounidense.
En este contexto, diferenciarse ya no es una opción, sino una necesidad. Y ahí es donde las variedades autóctonas, bien trabajadas, pueden marcar la diferencia: aportan identidad, autenticidad y una conexión con el territorio que cada vez valora más el mercado.