Dentro de poco cumplirá 9 años. Traje a Coto cuando tenía apenas tres meses y desde entonces no se ha separado de mí. Es un labrador de color amarillo, de complexión fuerte, aunque lo que más destaca de él no es su físico, sino su forma de ser. Dicen que los perros se parecen a sus amos y Coto tiene algo de mí que a veces me cuesta reconocer.

Coto es un perro muy inteligente, pero también algo asustadizo. Tiene una sensibilidad muy especial, distinta a la de los otros. Comparte casa con más labradores: Blaki, Lía y la pequeña Tiza, que apenas tiene dos meses. Blaki y Lía son hijos de Syrah y, como buenos labradores, son muy cabezotas, juguetones e inquietos.

Pero Coto es diferente.

Hay dos cosas que nunca ha hecho en todos estos años: entrar en casa y subirse al coche. Le dan pánico los espacios cerrados. No es solo la casa; no entra en ningún sitio que tenga techo o paredes. Se queda siempre en el umbral, como si hubiera una barrera invisible que no pudiera cruzar. Lo he intentado de mil maneras, poniéndole comida al pie de la puerta, incluso simulando mi propio desvanecimiento… y ni por esas. No hay forma.

Tengo a los perros sueltos por la finca, salvo a la pequeña Tiza que la guardo en la perrera por miedo a que pueda caer a la piscina. Coto duerme todas las noches en la puerta de casa, sobre una pequeña colchoneta que le he puesto para que esté más cómodo. Por las noches lo observo desde las cámaras y permanece impertérrito, guardando la casa.

Todos los días salimos a pasear por el campo. Mientras Lía y Blaki salen disparados hacia unas cepas amontonadas donde se esconden los conejos, buscando atrapar alguno. Coto, en cambio, camina a mi lado, sin separarse ni un instante.

Camina a mi lado, pegado a mi pierna, como si necesitara comprobar a cada paso que sigo ahí. No corre detrás de nada, no se distrae. A veces levanta la cabeza y me mira, y en ese gesto hay algo difícil de explicar, una mezcla de confianza y de miedo que no he visto en ningún otro perro.

Tengo la certeza de que Coto algún día entrara en casa, y no será porque le haya forzado a ello, sino por voluntad propia. Cuando haya vencido todos sus miedos, como me ocurre a mí.