De pequeño podía pasarme horas en el columpio. Sentado o de pie, cogiendo velocidad, flexionando las piernas. Subía, bajaba, cada vez más alto, hasta que sentía ese pequeño vértigo en el estómago, como si por un segundo fuera a salir volando por encima del mundo. Todo era mágico.
El chirrido de las cadenas, el polvo levantándose bajo los pies, las manos agarradas con fuerza… todo formaba parte del juego. No necesitábamos más. Éramos felices con muy poco.
Aún siguen ahí, en casa, los columpios de entonces. Hoy me he subido a uno de ellos, pero ya no ha aguantado mi peso y una de las tablas de madera del asiento se ha roto. El paso del tiempo ha podrido las maderas y oxidado el hierro.
También había una escalera por la que intentábamos cruzar haciendo malabarismos, ¡qué difícil era cruzarla de pie, sin poner las manos y no caer por el hueco de los peldaños! Y una máquina con forma de nave espacial que giraba cada vez más rápido cuanto más impulso le dábamos desde una palanca manual. Y el tobogán por el que nos dejábamos caer una y otra vez, de manera incansable, sin pensar en nada más. El tobogán terminó más tarde de trampolín. Lo pusimos en la piscina y desde lo más alto nos zambullíamos en el agua.
Hoy los más pequeños se entretienen con otras cosas que tienen que ver con las nuevas tecnologías y andan todo el día enganchados a la pantalla del móvil. No juegan como jugábamos nosotros.
En nuestra época no había internet ni móviles ni nada de eso. Y, sin embargo, no lo echábamos en falta. Traten de explicarle a un niño de diez años, que ya tiene móvil e instagram, cómo sus padres o sus abuelos pasaban las tardes enteras subidos a un columpio o jugando a las canicas. Probablemente no lo entenderían. La mayoría de ellos no sabría marcar los números en un teléfono de los de antes. De esos de disco que había que meter el dedito para marcar, si querías que te escucharan al otro lado.
Los tiempos han cambiado a una velocidad de vértigo. Internet, los móviles, la inteligencia artificial… todo parece avanzar sin pausa. La revolución tecnológica no ha hecho más que empezar.
A algunos nos ha cogido ya con unos años de más. Y aun así, cuando lo pienso, no cambiaría aquella infancia.