Hace unos días, dentro del ciclo que la 8 Mediterránero dedica al actor William Holden, repusieron una joya de Billy Wilder, “Sabrina”, con Audrey Hepburn y Humphrey Bogart.

Obra maestra de Wilder, con guión del propio director, basado en una obra de Samuel A. Taylor, quien también colabora en el guión junto a Ernest Lehman.

Magníficos actores, con secundarios de lujo como John Williams o Walter Hampden, en el papel de ricachón al frente de una de las mayores empresas del país, aficionado a los puros y al whisky.

A pesar de las seis nominaciones al Oscar que obtuvo, solo logró la estatuilla al mejor vestuario.

Cine en estado puro. Una película, como tantas otras de Billy Wilder, como El Apartamento o Irma La Dulce, que no me canso de ver una y otra vez. Son películas que, a pesar del paso del tiempo, “Sabrina” se rodó en 1954, aguantan muy bien el paso del tiempo.

Sabrina” funciona como un cuento de hadas donde al final triunfa el amor, a pesar del estatus social de los protagonistas. Mientras Sabrina, formidable Audrey Hepburn, es la hija de un chófer, William Holden y Humprey Bogart son los herederos de un imperio económico.

Aunque suene a tópico, ya no se hacen películas así, ni tampoco creo que haya actores de la talla de John Wayne, Jerry Lewis, Charles Laughton, Cary Grant,  Kirk Douglas, Charlon Heston, Sofía Loren, Charles Chaplin, o los ya citados William Holden, Humpry Bogart y Audrey Hepburn. Algunos de ellos no recibieron nunca ningún Oscar.

Son películas que, como en el caso que estamos comentando, bajo la apariencia de comedia romántica, escoden una mirada más compleja sobre la sociedad, las relaciones humanas y las diferencias de clase, todo ello filtrado por la agudeza, la ironía y el inconfundible talento de un director como Billy Wilder.

Diálogos brillantes, llenos de sutileza y subtexto, que sostienen gran parte del peso narrativo y elevan la historia más allá de su envoltorio romántico. Actores que hacen creíble la historia que nos están contando. Argumentos que nos mantienen pegados a la butaca del cine o a la pantalla del televisor hasta que aparece la frase The End.

En definitiva, cine que confía en la inteligencia del espectador, algo cada vez menos frecuente en la producción actual, y que explica por qué obras como Sabrina siguen siendo, décadas después, mucho más que un simple recuerdo del Hollywood clásico. Las obras maestras nunca pasan demoda.