Andalucía fue feudo socialista durante casi cuarenta años hasta que el PP ganó por mayoría absoluta las elecciones autonómicas de junio de 2022. Desde entonces, el debate político ha cambiado: ya no gira tanto en torno a quién ganará estos próximos comicios, sino a si el Partido Popular podrá revalidar esa mayoría.
La principal sombra en la gestión del Gobierno de Juanma Moreno ha sido la polémica en torno a los programas de cribado del cáncer de mama, que han generado críticas por retrasos y deficiencias en su funcionamiento.
Moreno Bonilla tiene intención de gobernar en solitario y ha apelado al “voto útil “para evitar depender de Vox. El partido de Abascal que parece haber tocado fondo, no parece un socio fiable después de escuchar al candidato de Vox, Manuel Gavira, que prácticamente dijo que las políticas del PP y del PSOE son las mismas.
En la izquierda del PSOE, término eufemístico que utilizan los medios de comunicación y la clase política para no llamarlo extrema izquierda, el panorama sigue fragmentado, aunque con intentos de recomposición. La coalición Por Andalucía —que integra a Podemos, Sumar e Izquierda Unida— concurre con Antonio Maíllo como candidato, buscando unificar el espacio tras los malos resultados recientes en otras comunidades como Aragón, Extremadura y Castilla y León, donde han perdido la representación que a duras penas mantenían en los parlamentos autonómicos. Y es muy probable que este escenario se repita de nuevo en Andalucía. El problema de la izquierda no radica tanto en concurrir unida o por separado en una candidatura única, sino en su capacidad real para recuperar la confianza de un electorado que, en los últimos años, ha mostrado un creciente desapego hacia sus siglas tradicionales.
En cuanto a la política de alianzas, los partidos de izquierda parecen tener clara su estrategia: sumar fuerzas tras las elecciones para desalojar al Partido Popular del poder. En el bloque de la derecha este escenario resulta más incierto. Aunque el PP podría necesitar los votos de Vox para gobernar, la relación entre ambos partidos no atraviesa su mejor momento. Es cierto que el partido de Abascal parece haber tocado fondo, como vimos tras los resultados en Castilla y León; en Madrid, por ejemplo, varias encuestas lo sitúan por debajo del 10%, un escenario que permitiría a Isabel Díaz- Ayuso gobernar sin la presión de Vox.
Las encuestas vaticinan unos a malos resultados para el PSOE, que sigue sin recuperar el terreno perdido, a pesar de la apuesta personal de Pedro Sánchez al situar a María Jesús Montero como candidata socialista.
El recuerdo del caso de los ERE de Andalucía, el mayor caso de corrupción en la historia de la democracia española, continúa pesando en el imaginario político andaluz. Aquel escándalo, que estalló durante la etapa de gobiernos socialistas, marcó el principio del fin de casi cuatro décadas de hegemonía. La posterior condena de dos expresidentes de la Junta, José Antonio Griñán y Manuel Chaves, reforzó la percepción de desgaste estructural en el partido.
Solo en Castilla y León donde el candidato no estaba directamente identificado con el núcleo duro del “sanchismo”, los socialistas lograron resistir con mayor solidez, subiendo dos escaños.
La cuestión ahora es dilucidar si el PSOE será capaz de mantener el umbral de los 30 escaños en Andalucía o si, por el contrario, continuará su tendencia a la baja en un contexto político cada vez más adverso.