Los resultados en Andalucía se perfilan como un termómetro decisivo para la política nacional. No solo por su peso electoral, sino porque pueden consolidar o debilitar las dinámicas que ya se están observando en otras comunidades autónomas.

 Las encuestas no son especialmente favorables para el PSOE ni para María Jesús Montero, la ministra con mayor poder de toda la democracia, que  podría sumar un nuevo descalabro electoral tras Extremadura y Aragón. Un resultado por debajo de los 30 escaños no solo sería un mal dato: supondría una nueva señal de desgaste para un partido que ha ido perdiendo influencia territorial de forma progresiva.

La caída del PSOE en plazas históricas como Extremadura o Aragón, sumada a la pérdida de poder en Andalucía, ha dejado al partido en una posición mucho más débil en el mapa autonómico. Hoy, su control territorial se reduce a contadas excepciones, como  Asturias y Castilla La Mancha, donde gobierna con mayoría absoluta bajo uno de los barones más críticos con Pedro Sánchez.

El PP estaría cerca de la mayoría absoluta, mientras Vox se mantiene como tercera fuerza política. Los de Abascal vienen de unos resultados electorales, sobre todo en Castilla y León, donde la formación ultraderechista se quedó por debajo de las expectativas iniciales.

El debate que ofreció RTVE con los cuatro candidatos a presidir la Junta de Andalucía el próximo 17 de mayo dejó en el aire un pacto PP-Vox, mientras en la izquierda el pacto postelectoral se da por seguro entre PSOE, Por Andalucía y Adelante Andalucía.

Los ataques a Moreno Bonilla, sobre todo por la gestión de los cribados de cáncer, vinieron de todos los lados, también de Vox.

Unos malos resultados para el PSOE en Andalucía, donde nadie duda de la victoria del PP, dejarían a Pedro Sánchez muy tocado para afrontar el final de la legislatura, sin PGE y sin los apoyos parlamentarios de sus socios de Gobierno.

Sánchez no tomó ninguna medida dentro de su Gobierno tras perder en Extremadura, Aragón y Castilla y León. Tampoco creo que lo haga ahora.

La discusión ahora mismo no es quién va a ganar las elecciones tras cuarenta años de gobiernos socialistas, sino si el PP lo hará con una mayoría suficiente para no depender de Vox, como ha ocurrido en Extremadura, donde las negociaciones entre ambos partidos han sido necesarias para poder formar gobierno y cerrar acuerdos de investidura y estabilidad parlamentaria, como lo serán en Aragón y Castilla y León, donde Vox aspira a imponer su agenda política. Su papel sigue siendo determinante para la gobernabilidad en varias comunidades.