Hacía tiempo que no veía el campo igual. En los charcos beben jilgueros y verderoles, en una explosión de júbilo y trinos que llena de vida los caminos del campo. La siembra de cereal va cogiendo altura y ya se aprecian las espigas. Todo es un manto verde. La viña comenzará en breve su brotación. Los racimos de uva son todavía como pequeños perdigones, pero en breve comenzarán a engordar. La flor del olivo, conocida popularmente como trama, augura una buena cosecha. Sus pétalos blancos, en forma de cruz, salpican el árbol y desprenden una delicada fragancia que anuncia la llegada de un nuevo ciclo en el campo.
El almendro es más delicado y soporta peor las heladas. En Fontanars dels Alforins tuvimos algunas noches con los termómetros rondando los cuatro grados bajo cero y esto afectó al cultivo del almendro.
Estos días, mientras labraba los almendros, he visto conejos, torcaces, lebratos y hasta una pareja de perdices. Las hembras y los machos se alternan en el cuidado de los futuros perdigones. Los gazapos corretean entre los sinuosos caminos hasta perderse entre la maleza. Es un buen año de cría para los animales. El campo respira vida.
A la pinada de casa, al caer la tarde, vienen a sestear las torcaces y el ulular de su canto se expande en la quietud del atardecer, como un recordatorio de que la naturaleza sigue su curso, generosa y serena.
La naturaleza es tremendamente agradecida, a poco que se la cuide. Lo que ocurre es que los humanos, demasiadas veces, somos muy pocos respetuosos con ella y olvidamos que también formamos parte de ese equilibrio que sostiene la vida del campo.