Todavía no sé qué pretendía transmitir el presidente del Gobierno y toda la bancada socialista aplaudiendo a su líder después de que se aprobara, por mayoría absoluta y con los votos de PP, Vox y Junts, la moción que le insta al presidente del Gobierno a someterse a una cuestión de confianza.

Creo que lo aprobado ayer en el Congreso de los Diputados tiene la suficiente relevancia, especialmente a la vista de los acontecimientos que vamos conociendo, para que el presidente del Gobierno y el resto de los diputados no se lo tomen a broma.

Sigo absolutamente perplejo viendo al presidente de mi Gobierno ofreciendo una imagen de absoluta desconexión con la realidad que vive el país en estos momentos.

Ver al señor Sánchez riendo, aplaudiendo y estrechando la mano de Patxi López proyecta, al menos una gran mayoría de los  ciudadanos, seguramente más de los que apoyan a la mujer del presidente del Gobierno,  una imagen de desconexión con el momento político que atraviesa el país. Cuando una parte importante de la representación parlamentaria expresa públicamente dudas sobre la confianza y la estabilidad de un Gobierno, la respuesta esperada de un presidente debería transmitir serenidad, responsabilidad institucional y respeto por la Cámara.

Sinceramente, nunca pensé que el PSOE, un partido que ha sido una pieza fundamental en la historia democrática de España y protagonista de algunos de los momentos más relevantes de nuestra etapa constitucional, pudiera llegar a una situación en la que la disciplina interna y la defensa cerrada de un liderazgo personal estuvieran por encima de la autocrítica o del debate político interno, alimentando una creciente desconfianza ciudadana hacia las instituciones y poniendo en riesgo la propia democracia.

Lo que se vivió ayer en el Congreso de los Diputados fue un auténtico insulto a la inteligencia, una falta de respeto a nuestras instituciones y un auténtico circo político impropio de la seriedad y la responsabilidad que exige la representación pública.