Anoche, dentro del ciclo de Jack Lemmon que La 8 Mediterráneo dedica a este grandísimo actor americano, repusieron “Días de vino y rosas”, una película durísima sobre el alcoholismo que se adelantó a su tiempo y que más de seis décadas después de su estreno, sigue emocionando y poniéndote un nudo en la garganta.
Magnífica película de Blake Edwards. Magníficos interpretaciones de Jack Lemmon y Lee Remick, capaces de transmitir con enorme realismo la degradación progresiva que provoca una adicción. Magnífica banda sonora de Henry Mancini, que obtuvo el Óscar a la mejor canción y a la mejor banda sonora. Y magnífica también su fotografía, que contribuye a reforzar el tono íntimo y desgarrador de la película.
Pocas películas han retratado con tanto realismo el problema del alcoholismo. Lo que comienza como un convencionalismo socialmente aceptado, como es tomar una copa o compartir una bebida en momentos de celebración, acaba convirtiéndose en una espiral de dependencia capaz de destruir una pareja y arrasar todo aquello que parecía sólido y feliz.
Cada vez que reponen esta película vuelvo a verla, y aún así, nunca deja de angustiarme. Lo que comienza como la historia de una pareja feliz y enamorada, que se casa y tienen un hijo, acaba convirtiéndose poco a poco en una auténtica pesadilla marcada por el alcohol.
“Días de vino y rosas”, es un melodrama desgarrador sobre el alcoholismo, contado de manera impecable por Blake Edwards, que se sale de su registro habitual, la comedia, para adentrarse en este drama destructivo con una intensidad y una fuerza narrativa extraordinaria.
La película retrata el alcoholismo con una dureza extraordinaria, pero también con una enorme humanidad. No presenta personajes malvados ni culpables absolutos, sino personas atrapadas en una espiral de dependencia y sufrimiento de la que cada vez resulta más difícil escapar.
La imagen de Lemmon con la camisa de fuerza, ingresado en un psiquiátrico, sigue pareciéndome una de las escenas más desgarradoras que he visto jamás en el cine.
El final abierto que deja la película es otro de sus grandes aciertos porque deja a juicio del espectador la incógnita de si la protagonista será capaz de vence o no su dependencia al alcohol.