De los incendios solo nos acordamos cuando se producen y, sobre todo, cuando dejan víctimas mortales, como ha ocurrido tristemente en el incendio de Los Gallardos en Almería, donde, hasta el momento, se contabilizan 12 fallecidos y 23 personas desaparecidas.

En el momento de redactar estas líneas, el fuego continúa activo y ya ha arrasado más de 6.600 hectáreas.

Es de esperar que los responsables políticos no utilicen esta tragedia con fines partidistas, como sí hicieron con la dana. La colaboración y coordinación entre las diferentes administraciones son fundamentales. En Valencia, por desgracia, esta colaboración no se produjo por puro tacticismo político. Si quieren ayuda, que la pidan.

Esta catástrofe, la más grave registrada  en España, debe servirnos de lección sobre las consecuencias del cambio climático, que algunos partidos niegan, con el argumento de que “en verano siempre ha hecho calor”. Este mensaje, además de carecer de base científica, resulta especialmente peligroso porque contribuye a minimizar un problema que exige medidas urgentes de prevención y adaptación.

Los incendios forestales en Europa ya se cobran más víctimas que las provocadas por el terrorismo. Cada año son más devastadores y ponen de manifiesto la necesidad de reforzar la prevención y la gestión de nuestros montes.

Aunque la mano del hombre está detrás del 95% de los incendios forestales, los originados por causas naturales, como la caída de un rayo, pueden propagarse con una rapidez devastadora cuando se producen en un contexto de olas de calor, sequía y una elevada carga de combustible vegetal, condiciones cada vez más frecuentes como consecuencia del cambio climático. El año pasado, varios incendios arrasaron pueblos enteros en el norte de España, poniendo de manifiesto la vulnerabilidad de muchas zonas rurales ante este tipo de fenómenos, una situación a la que, sin duda, ha contribuido el abandono del campo.

Ni siquiera las grandes ciudades están a salvo. Los Ángeles,  la segunda ciudad más poblada de EEUU después de Nueva York sufrió en 2025 incendios de enorme magnitud que destruyeron miles de viviendas y obligaron a evacuar a decenas de miles de personas, demostrando que el riesgo alcanza tanto a pequeños municipios como a grandes áreas metropolitanas.

Muchas personas  viven en auténticas ratoneras, en urbanizaciones o viviendas rodeadas de masa forestal y con escasas vías de evacuación. Por ello, resulta fundamental reforzar la labor pedagógica y la información dirigida a la población para que sepa cómo actuar y protegerse ante un incendio forestal. Conocer los protocolos de evacuación y las medidas de autoprotección puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte.

Las olas de calor son cada vez más intensas, frecuentes y tempranas. La acumulación de abundante vegetación convierte el monte en un combustible perfecto para la rápida propagación de los incendios.