En mi casa pocas veces se hablaba de la Guerra Civil. Era un episodio del que había que pasar página. Así lo entendieron también los protagonistas de la Transición, cuando personas de ideologías profundamente enfrentadas, como Dolores Uribarri, La Pasionaria,  Santiago Carrillo, Adolfo Suárez o Manuel Fraga Iribarne, fueron capaces de dejar atrás sus diferencias y estrecharse la mano construir un futuro de convivencia. Aquel espíritu de reconciliación, el mismo que mi padre también nos inculcó en casa, permitió poner fin a uno de los episodios más crueles de la historia de España.

Resulta paradójico que, noventa años después del inicio de la Guerra Civil y cuando apenas quedan testigos de aquella tragedia, una parte de la juventud idealice la figura de Francisco Franco o llegue a pensar que durante la dictadura se vivía mejor que en democracia. Quizá eso nos obligue a preguntarnos si hemos sabido transmitir con suficiente rigor y serenidad la complejidad de nuestra propia historia.

Mi padre, a pesar de que nuestra familia fue duramente perseguida durante la Guerra Civil, jamás nos educó en el odio. Con tan solo 13 años fue llevado a una de las checas instaladas en las Torres de Quart. Poco antes había perdido a su padre, mi abuelo José Simó Marín, fundador de La Paduana; a su tío Manuel Simó Marín, abogado de profesión; y a su hermano Gabriel Simó Aynat, que apenas tenía 15 años. Los tres fueron fusilados en Paterna el 1 de octubre de 1936, apenas unos meses después del inicio de la contienda.

A pesar de haber vivido una auténtica pesadilla, mi padre nunca hizo del rencor una forma de vida. Como tantas personas que sufrieron aquellos años, prefirió guardar silencio antes que alimentar el odio. A menudo me pregunto qué puede sentir un niño que pierde, casi al mismo tiempo, a su padre y a un hermano. Qué queda de la infancia cuando el miedo ocupa el lugar de los juegos y la muerte llama tan pronto a la puerta. Nunca obtendré una respuesta completa. Mi padre apenas hablaba de aquellos días. Como tantos supervivientes, aprendió que existen dolores que no desaparecen, solo se acomodan en el fondo del alma.

Hoy, cuando se cumplen noventa años del inicio de aquella tragedia que desgarró a España, pienso que el mejor homenaje que puedo rendir a quienes la padecieron no es reabrir las trincheras del pasado, como algunos pretenden hacer desde uno y otro lado, sino recordar sus vidas con respeto y defender el mismo espíritu de reconciliación que permitió a nuestro país volver a caminar unido. Porque olvidar la historia sería un error; convertirla en un arma contra el presente, también.

Si algo aprendí de mi padre es que la memoria puede conservar intacto el recuerdo de los que ya no están sin convertirse nunca en una escuela de odio. Quizá esa sea la lección más valiosa que nos dejó su generación