Resulta inadmisible que, tras la violenta agresión sufrida por un grupo de militares que veía tranquilamente en una terraza la final del Mundial, algunos hayan tratado de desviar el foco hacia la ropa que vestía una de las víctimas, por llevar un polo de Núcleo Nacional, en lugar de condenar sin matices a quienes atacaron con palos. En una sociedad democrática, ninguna prenda de vestir puede servir de justificación para una agresión.
Este Mundial también ha dejado imágenes y actitudes que evidencian una profunda fractura política y social. Los alcaldes de ciudades como Bilbao o Pamplona decidieron no instalar pantallas gigantes para seguir la final, mientras dirigentes como el lehendakari Imanol Pradales o Aitor Esteban, presidente del PNV, expresaron su preferencia por una selección vasca en lugar de respaldar a la selección española. Como si ser vasco fuera incompatible con apoyar a la selección española.
A ello se sumaron los gritos de «Puta España» y «Puta selección», consignas que reflejan un clima de hostilidad hacia todo lo que representa la selección nacional. La discrepancia política es legítima; la descalificación, el insulto y, sobre todo, la violencia nunca lo son. Cuando se pretende justificar o relativizar una agresión por la identidad, las ideas o la indumentaria de la víctima, se está cruzando una línea que ninguna democracia debería tolerar.
Soy poco futbolero, así que no soy de los que se compró la camiseta de España para seguir la final del Mundial, pero no me quise perder el partido. Me gustó eso sí, ver como en mi pueblo muchas personas, sobre todo jóvenes, salieron a la calle con la camiseta de España para animar a la selección.
Llevar una bandera o lucir un brazalete con la bandera de España se ha convertido, en determinados ambientes y lugares, en un gesto que algunos consideran una provocación. Lo que debería ser la expresión normal de un sentimiento de pertenencia nacional acaba siendo motivo de insultos, intimidaciones o incluso agresiones. Una anomalía democrática que difícilmente se toleraría si los símbolos representaran a cualquier otra nación o identidad.
Parte de la responsabilidad de que en España no ocurra lo mismo recae también sobre la derecha y la extrema derecha, que durante años han contribuido a identificar la bandera, el himno o la propia idea de España con una determinada opción política. Es un error que ha facilitado que muchos ciudadanos dejen de sentir esos símbolos como propios. Pero la bandera de España no es de la derecha ni de la izquierda; no pertenece a ningún partido ni a ninguna ideología. Pertenece a todos los españoles, con independencia de cuáles sean sus convicciones políticas.
En España hemos normalizado que se pueda pitar el himno de España, como vemos en todas las finales de la Copa del Rey, sin ninguna consecuencia ni una condena política y social unánime. Una auténtica pena.
En países como Estados Unidos o Francia las diferencias políticas pueden ser profundas. Se puede ser republicano o demócrata, conservador o progresista, de derechas o de izquierdas. Sin embargo, existe un respeto mucho más extendido hacia los símbolos nacionales como elemento de cohesión cívica. Cuando suena «La Marsellesa» o el himno estadounidense, las discrepancias políticas suelen quedar en un segundo plano. Allí se entiende que respetar los símbolos del país no implica renunciar a las propias ideas ni compartir la actuación de un Gobierno. Ojalá en España algún día comprendamos que una bandera o un himno pertenecen a todos los ciudadanos, no a una determinada ideología. Esa es la envidia que me produce.