Recuerdo de pequeño bajar al quiosco de Manolo, que había debajo de mi casa, en la calle Colón, a comprar cromos y chicles Bazoka, con ese olor inconfundible que costaba de masticar cuando te lo metías en la boca.Coleccionaba equipos de la Liga española y futbolistas, aunque nunca terminé ningún álbum. Pero recuerdo la ilusión de abrir los sobres esperando encontrar el jugador que me faltaba para completarlo.
1950. Así era el Quiosco de venta de revistas y periódicos que había en el inicio del Paseo del Prado, junto a la Plaza de Cibeles.
Tenía todo tipo de prensa y revistas en infinidad de idiomas. Se leía muchísima prensa, había tiradas de periódicos matutinos y vespertinos. Los lunes descansaban las rotativas y solo aparecía por la mañana La Hoja del Lunes.
En aquella época había muchos quioscos en Valencia. Hoy muchos han desparecido. Otros sobreviven, a pesar de internet. Es una pena, porque en ellos podías comprar de todo. Yo solía detenerme a mirar las revistas. Lo hacía de manera disimulada. O, al menos, eso creía yo. Era la época del destape: Lib,Climax, Penthouse, Lui,Private… Las más osadas iban envueltas en plástico para que no pudieran ser ojeadas. Cuando compraba alguna de aquellas revistas, me las guardaba dentro del jersey y la escondía arriba en el armario para que mis padres no la vieran.
El kiosco de Manolo continúa abierto, después de la remodelación que sufrieron todos los kioscos en Valencia y ahora son sus hijos Javier y Manolo, quienes lo regentan. Siempre que voy a Valencia me acerco a saludarlos.
Otro de los kioscos que frecuentaba y, que por desgracia, ya ha desparecido es Casa Joaquín, en Ontinyent. Además de ir a comprar, mantenía largas conversaciones con su propietario. En Casa Joaquín podías encontrar prácticamente de todo: prensa, revistas, coleccionables, material de papelería y un sinfín de pequeños artículos. Era uno de esos comercios de barrio donde, además de vender, siempre había tiempo para charlar.
Con la llegada del curso escolar comienza la temporada de los coleccionables, uno de los productos que todavía mantienen vivos muchos quioscos. Conservo algunas colecciones de jazz y de películas clásicas de cine.
La gente ya casi no compra revistas ni periódicos en papel. Hoy accedes desde el ordenador con un clic y dispones de toda la información. Sin embargo, el placer de leer un periódico o una revista en papel nunca va a desaparecer. Siempre habrá lectores que sepan valorar el ritual de desplegar las hojas de un periódico, pasar las páginas de una revista y percibir el olor a tinta recién impresa. Hay placeres que ninguna pantalla conseguirá sustituir.
Con los discos de vinilo ha pasado algo parecido. Después de años de declive, provocado por la irrupción del CD y, más tarde, de las plataformas digitales, han vuelto a resurgir con fuerza. Y es que el placer de colocar un disco en el tocadiscos, bajar con cuidado la aguja y escuchar el leve crepitar antes de que empiece la música forma parte de un ritual que ninguna tecnología ha conseguido sustituir. Quizá con los periódicos y las revistas de papel ocurra lo mismo. Aunque hoy la información esté al alcance de un clic, siempre habrá quienes sigan disfrutando del tacto del papel y del inconfundible olor de la tinta recién impresa.