Anoche, muy cerca de mi ventana, cantaba un autillo. Me levanté sigilosamente y me dio tiempo a coger el móvil y grabar su sonido.  Escucharlo tan cerca fue uno de esos pequeños regalos que nos ofrece la naturaleza.

Después de varios minutos de su insistente canto, obtuvo respuesta. Desde la lejanía, otro autillo le contestó. Durante unos instantes, ambos intercambiaron sus llamadas en la oscuridad. ¿Sería un rival respondiendo al desafío de un territorio ocupado? ¿O quizá una hembra aceptando la invitación de aquel incansable cantor? Nunca lo sabré. Pero, mientras escuchaba aquel diálogo nocturno, no pude evitar sonreír y preguntarme: ¿habrá surgido el amor entre ellos?

Normalmente, el autillo canta para marcar su territorio, avisando a otros machos que esa zona ya está ocupada o para buscar pareja, especialmente durante la época reproductora. Todas las noches de verano acompaña con su característico canto nuestras calurosas veladas. Solo cuando te aproximas a él deja de cantar.

 El autillo confía mucho en su camuflaje. En lugar de salir volando inmediatamente, suele quedarse completamente inmóvil y en silencio para pasar desapercibido. Por eso resulta mucho más fácil oírlo que verlo.

Sin embargo, muchas mañanas lo veo posado en la rama de un árbol. Antes lo veía muchas veces camuflado entre las ramas de un gran arbusto de de laurel, donde pasaba inadvertido gracias al color de su plumaje. Buscan las zonas más altas. La mejor forma para detectar su presencia es fijándose en los indicios que deja. Bajo sus posaderos es habitual encontrar los excrementos blanquecinos que delatan que el autillo ha pasado allí buena parte del día, oculto a la vista de casi todos.

 Los autillos ven mejor de noche, porque están adaptados a la oscuridad, pero también tienen buena visión diurna. Lo que ocurre es que durante el día permanecen inmóviles y muy confiados en su camuflaje; aun así, detectan rápidamente cualquier movimiento o presencia cercana y levantan el vuelo si consideran que existe algún riesgo.

Todos ellos son extraordinarios cazadores nocturnos y desempeñan un papel esencial en el equilibrio de los ecosistemas.

Es una pequeña rapaz nocturna que siempre me ha cautivado. Su discreción, su mirada y ese canto monótono que rompe el silencio de las noches de verano le confieren un encanto especial. Antes era más frecuente ver también lechuzas y mochuelos por los alrededores; ahora cada vez son más escasos. La carretera se ha convertido en su principal enemigo. No son pocos los autillos, mochuelos y lechuzas que encuentran allí un final prematuro durante sus vuelos nocturnos. La luz de los faros puede deslumbrarlos y desorientarlos durante unos instantes, dejándolos especialmente vulnerables. Si a ello se suma que muchos conductores no respetan los límites de velocidad, el desenlace suele ser fatal.