Mis abuelos me regalaron por Reyes un Scalextric que todavía conservo, a pesar de los años que han pasado. Lo guardo intacto en el trastero de casa, junto con los coches y los mandos. Venía equipado con dos bólidos y dos mandos. Había que colocar bien el coche dentro de la vía para que arrancara. De vez en cuando lo saco, lo abro y no puedo evitar recordar aquellas tardes en las que jugaba con mis amigos en casa. Lo teníamos montado debajo de la cama, algo que a mi madre no le hacía mucha gracia porque era muy ordenada.
También recuerdo en una ocasión en la que jugué con mi padre. Estaba en pijama porque no se encontraba bien. Mi padre no solía jugar mucho con nosotros, y, quizá por eso, aquel momento ha permanecido tan vivo en mi memoria. Los coches salían disparados al tomar las curvas y los peraltes, los puentes y los cruces hacían que cada carrera fuera una auténtica aventura. Todavía puedo escuchar el ruido de los coches al atravesar la meta y recordar el olor de plástico quemado de los mandos.
Junto con el Cinexin, el Scalextric es uno de los juguetes que recuerdo con mayor cariño e ilusión. Cada vez que vuelvo a verlo, revive una parte muy feliz de mi infancia.
Montarlo era lo que más tiempo llevaba, pero también lo más divertido. Porque, en realidad, el Scalextric empezaba mucho antes de que los coches echaran a correr. Había que aprovechar todas las piezas para que no sobrara ninguna. Podías comprar piezas aparte, como curvas o rectas para ampliar el circuito.
Como aquel regalo me hizo tanta ilusión, quise hacer lo mismo con Pablo cuando era pequeño. Le regalé por Reyes un Scalextric como mis abuelos hicieron conmigo. Solo que en esta ocasión me tocó devolverlo, a pesar de la enorme ilusión con la que lo había recibido. A su madre no le gustó que aquel juguete, que tantos buenos recuerdos había despertado en mí, acabara montado en el salón de la casa.