Le tomo prestado el titular de este artículo a mi amigo y vecino Mauro Matarredona, que me ha sugerido que escriba unas líneas después de las lluvias de hoy.
Y es que el agua que ha traído la tormenta, aunque no haya sido mucha, va a ayudar, sin duda, a las vides después de un verano muy caluroso.
Como explica el propio Mauro Matarredona: “Los estomas de las vides llevaban semanas desorientados y la mayor parte de las mañanas cerrados, por el calor extremo y la bajísima humedad relativa desde hace 20 días. Hoy la tormenta que ha dejado 14 litros, aunque no sea mucha cantidad, hará que mañana los estomas se abran al amanecer y la planta se quite de encima el estrés hídrico que venía sufriendo.
Por hacer un símil, es como si lleváramos un día sin beber y deshidratados por el calor, de repente nos ofrecieran un buen vaso de agua. Instantáneamente, nuestro organismo se recupera. En nuestros sufridos viñedos hoy ha pasado exactamente lo mismo. Mañana recibirán esta lluvia como un beréber cuando llega al oasis.
Dios aprieta, pero no ahoga…Los agricultores nos conformamos con muy poco”
Hoy han caído 14 litros en Els Alforins.
Para muchos quizá no sea una gran cantidad. Para nuestras viñas, después de semanas de calor y sequedad, ha sido un pequeño alivio. Una buena noticia para un sector primario tan maltratado y necesitado de buenas noticias.
A veces, en el campo, hay que conformarse con muy poco.
Comentaba en un artículo reciente, publicado en este mismo periódico, cómo el calor estaba haciendo estragos en la producción de la uva debido al estrés hídrico de la planta. La uva es de mucha calidad, pero las bayas son pequeñas. Este excesivo calor había provocado una maduración prematura de la uva, adelantando la vendimia un par de semanas y provocando una menor producción por hectárea.
Debe existir un equilibrio entre cantidad y calidad. Porque, al final, el agricultor necesita que entren kilos en la bodega. Si la producción disminuye, también verá reducidos sus ingresos y la liquidación de la cosecha.
El agricultor entra la uva en la bodega sin saber, muchas veces, cuál será finalmente el precio al que le liquidarán la cosecha. Esta incertidumbre se suma a todas las demás que ha tenido que afrontar durante el año: el tiempo, la falta de agua, el calor extremo, las enfermedades de la viña, los elevados costes de producción y, ahora, un mercado que no garantiza una remuneración justa por su trabajo.
Este año, además, se da la circunstancia de que el sector atraviesa una crisis estructural provocada, entre otras cosas, por el bajo consumo de vino que no termina de despegar. Una situación que se ve agravada por el complicado escenario geopolítico internacional, tras más de cuatro años de guerra entre Rusia y Ucrania, y por la guerra comercial y los aranceles impulsados por Donald Trump. Todo ello no hace sino añadir más incertidumbre a un sector que ya lleva tiempo atravesando dificultades.