Mi madre solía entrar todas las noches en la habitación y rociar con el spray antimosquitos cada rincón. Abría la puerta, alargaba la mano y enchufaba el spray. A veces, desde la cama, tenías que cubrirte con la sábana para no respirar aquella nube que quedaba suspendida en el aire, absolutamente tóxica. Menos mal que el olor era agradable.
Recuerdo perfectamente el spray que usaba: Casa Jardín. Todavía se vende en los comercios. Era un bote muy largo, de esos que parecían no acabarse nunca, con olor a fragancia, más parecido a un perfume que a un insecticida. Los había de limón, de rosas, .. No los mataba; los enrabietaba.
Esta noche he tenido que echar mano del spray- el mismo Casa Jardín- porque los mosquitos atacaban desde todas partes. He rociado la habitación como lo hacía mi madre. Mientras lo echaba, me acordé de ella entrando en mi habitación por la noche.
Cuando ya estaba a punto de dormirme, escuché ese zumbido insoportable junto a la oreja. Después, en las piernas. Antes de picar, avisan con ese zumbido característico. Cuando los oyes, ya es tarde para protegerte..
Sobre la mesita de noche tengo desplegado todo el arsenal. He probado con las cremas, el roll-on, la luz, …
El mosquito está ganando la guerra a los insecticidas. Cada vez son más resistentes Durante décadas hemos ido desarrollando productos para acabar con ellos y ellos, a su manera, han ido aprendiendo a sobrevivir.
El ser humano lleva más de un siglo luchando contra este pequeño insecto, capaz de transmitir enfermedades como la malaria. Una especie diminuta frente a otra que se cree dueña del planeta.
Nosotros, armados con aerosoles, mosquiteras y toda clase de insecticidas. Ellos, con su zumbido y cada vez más resistentes.
Pensaba que el eclipse acabaría con ellos. Pero no.