Una armería inglesa ha sacado ya cartuchos de bismuto del calibre 20 y de 28 gramos como sustituto del plomo. Lo he visto en la armería del Reino Unido William Evans Bisley. No porque haya ido allí, lo cual tampoco hubiera importado, sino porque sigo su página en Facebook y publicaron estos nuevos cartuchos.
La Unión Europea ha dado un plazo de siete años para sustituir la munición de plomo por otra menos dañina para el medio ambiente. La cuestión, sin embargo, es mucho más compleja de lo que puede parecer sobre el papel y ha generado una enorme polémica en el mundo de la caza.
Los cazadores no se niegan a utilizar un sustituto del plomo. Lo que quieren, lógicamente, es que antes de aprobarse una prohibición se ofrezcan alternativas serias y, sobre todo, seguras para quienes practican la caza.
La previsible prohibición del plomo ha vuelto a poner de manifiesto un problema que el mundo rural conoce demasiado bien: muchas decisiones se toman desde los despachos de Bruselas sin contar suficientemente con quienes después tienen que aplicarlas en el campo. El sector cinegético debería haber sido escuchado y tenido en cuenta antes de establecer unas restricciones que pueden tener consecuencias importantes para miles de cazadores.
Porque una cosa es decir que hay que sustituir el plomo y otra muy diferente es explicar con qué se va a sustituir y qué consecuencias tendrá para el cazador.
Una de las alternativas que más se está planteando es el acero. Pero el acero no puede presentarse como una solución universal. Tiene unas características completamente diferentes a las del plomo y plantea problemas de seguridad y compatibilidad con determinadas armas. Su comportamiento cuando impacta contra determinadas superficies, como las piedras, también genera preocupación por los rebotes.
Además, muchas escopetas, especialmente las antiguas, no están preparadas para utilizar determinados tipos de munición de acero. Y no siempre es posible adaptar esas armas. Esto supone un problema enorme para quienes utilizamos escopetas antiguas.
Los que tiramos con paralela, que somos muchos, podemos encontrarnos con que nuestra escopeta de toda la vida deje de ser utilizable con la nueva munición. Y entonces tendremos que dejarla en el armero o, en el peor de los casos, comprar otra escopeta.
Y aquí aparece otra cuestión que tampoco se puede ignorar: el coste.
Si la munición ya de por sí está muy cara —una caja de cartuchos del número 7 y 34 gramos puede superar los 11 euros—, es evidente que cualquier alternativa como el acero o, especialmente, el bismuto puede tener un precio todavía mayor.
No todo el mundo puede permitirse cambiar de escopeta y, al mismo tiempo, pagar bastante más por cada caja de cartuchos.
Por eso resulta interesante que ya estén apareciendo alternativas como el bismuto. Que una armería tan reconocida como William Evans Bisley esté ofreciendo cartuchos de bismuto del calibre 20 y 28 gramos demuestra que existen fabricantes que están trabajando en soluciones diferentes al acero.
El bismuto puede ser especialmente interesante para determinados cazadores que utilizan armas antiguas, pero también habrá que conseguir que estos cartuchos estén disponibles de forma generalizada y que su precio no termine convirtiéndolos en una munición al alcance de unos pocos.
Y este es precisamente el problema que debería abordarse antes de imponer nuevas prohibiciones.
Los cazadores no estamos diciendo que haya que utilizar plomo eternamente ni que no se puedan buscar alternativas. Lo que estamos diciendo es que, si se quiere sustituir el plomo, primero hay que ofrecer alternativas reales.
Alternativas que sean seguras, eficaces, compatibles con las armas que ya existen y económicamente asumibles.
Porque no se puede pedir a un cazador que deje de utilizar una munición que lleva décadas utilizando, que compre otra mucho más cara y que, además, en determinados casos tenga que abandonar o sustituir una escopeta que ha heredado de su padre o de su abuelo.
Muchas de esas escopetas no son simplemente armas. Forman parte de la historia de nuestras familias y de nuestra cultura cinegética. Una paralela que ha pasado de generación en generación no debería convertirse de la noche a la mañana en una pieza que solo pueda permanecer en el armero porque desde un despacho se ha decidido que la munición que utilizaba ya no es válida.
La transición hacia municiones alternativas puede ser necesaria o puede acabar siendo una realidad. Pero esa transición debe hacerse con sentido común, con estudios rigurosos, escuchando al sector cinegético y, sobre todo, ofreciendo soluciones antes de imponer prohibiciones.
No se puede prohibir el plomo mientras no se planteen alternativas serias, seguras, eficaces y económicamente asumibles para todos los cazadores.
Primero las alternativas y después la prohibición. No al revés.