Rebuscando en los trasteros he encontrado unos aparejos de pesca que creía perdidos. Son unos rastrillos de madera con una pequeña red en el extremo con los que mi padre y yo cogíamos tellinas en Cullera. Hoy está prohibido, pero entonces éramos más libres y, seguramente, también más felices. Ahora no te dejan coger ni un mejillón de las rocas.
Por las mañanas, a primera hora, mi padre y yo recorríamos la orilla de la playa en busca de las ansiadas tellinas. Íbamos con aquellos rastrillos de madera, uno más grande que el otro, y pasábamos horas buscando entre la arena. Disfrutábamos como niños.
Después llegábamos a casa con nuestra pequeña pesca y mi madre las preparaba en casa con un sofrito de cebolla, ajo y tomate. Aún recuerdo aquel olor.
Pasábamos todo el mes de julio en Cullera, en un apartamento que teníamos en el Faro. Era el piso más alto, el decimo tercero, y desde allí había unas vistas preciosas. Justo debajo estaba la playa. Por las noches, el Faro iluminaba toda la habitación. Su luz entraba por la ventana y, cada pocos segundos, volvía a recorrer las paredes.
Yo bajaba a jugar al fútbol con los amigos. Mi madre se asomaba a la terraza y me hacía una señal para que subiera a por la merienda. Otras veces era para bajarme el bocadillo: un bocadillo de Nocilla y una Coca-Cola. Aquello, entonces, me parecía lo más normal del mundo. Hoy daría cualquier cosa por volver a vivir una tarde de aquellas.
Había un pequeño acantilado desde donde saltábamos al mar desde diferentes alturas. Hoy no me tiraría ni loco. El terreno era escarpado, lleno de rocas, pero nosotros no veíamos ningún peligro. Éramos jóvenes y teníamos esa inconsciencia que solo se tiene a esas edades.
En ese mismo bloque de apartamentos veraneaba también Diego Ibáñez, que años después estuvo involucrado en la intentona golpista del 23-F. Yo era muy amigo de sus hijos. Entonces, naturalmente, no sabía nada de lo que el futuro le depararía a aquella familia; para mí solo eran los vecinos y amigos con los que compartíamos aquel verano.
Recuerdo especialmente a su madre. Era una mujer guapísima. Tomaba el sol en top less y yo, desde el terrado, la miraba con los ojos de un adolescente. Tendría yo unos catorce años y aquello fue, seguramente, uno de mis primeros amores de juventud.
Con la pandilla jugábamos a la botella, aunque a mí siempre me hacían el vacío. Estaba el guaperas del grupo,, Miguel, creo que se llamaba, con su gafas Ray-Ban, que se llevaba las niñas de calle. Los demás nos teníamos que conformar con mirar.
También fue en Cullera donde se conocieron mi hermana Patricia y Wenceslao. Desde entonces no se han separado. Quién iba a decir que aquel verano, además de todos los recuerdos que me dejó, sería también el comienzo de una historia que dura hasta hoy.