De mi infancia conservo solo buenos recuerdos. Tuve mucha suerte. Fui un niño feliz y muy afortunado. Estuve rodeado de cariño y de unos padres ejemplares que fueron una referencia para mí en todos los sentidos.
Mi padre era una persona con mucho carácter, muy responsable, trabajador, valiente, generoso, con un corazón de oro y con una fuerza de voluntad envidiable. No se achicaba ante las adversidades; todo lo contrario. Recuerdo innumerables anécdotas. Algunas darían para una película. Era todo un personaje.
Asistía a las juntas y siempre le gustaba intervenir, tanto si era para hacer una crítica como si era para defender aquello en lo que creía. Así ocurrió en Banca Catalana, donde mi padre, pese a ser abucheado, denunció a Jordi Pujol,-“don Jorge Pujol”, dijo- por el presunto desvío de fondos de la entidad catalana, que posteriormente terminó en un proceso judicial contra la cúpula del banco, entre ellos, Jordi Pujol.
Cuando el presidente le preguntó cuántas acciones tenía, mi padre contestó:
-Las suficientes para estar aquí.
Tras la intervención de mi padre, el presidente dio por concluida la junta. Mi padre pidió que se respondiera a su pregunta y los consejeros volvieron a sentarse. Habría cerca de medio millar de accionistas siguiendo atentamente el desarrollo de la junta. Como anécdota, les diré que aquella intervención de mi padre salió en Informe Semanal, el programa decano de RTVE.
Era el año 1984. Mi padre no iba muy desencaminado en su denuncia.
Mi madre era puro amor. Era pura elegancia. Parecía una estrella de Hollywood. Ha sido la persona que más he querido en mi vida. Cuando murió, pensaba que todo se acababa. Sin embargo, creo que he heredado la fortaleza de mi padre para seguir adelante.
Del colegio recuerdo las clases de natación en la piscina, agarrados al borde y chapoteando con los pies; los ramos de flores, en mi caso, rosas blancas, que llevábamos a la Virgen; la formación cuasi militar antes de entrar al comedor, las revisiones médicas con don Paulino, en aquel sótano pequeño con olor a formol; los partidos de fútbol a la hora del recreo; o las clases de gimnasia, subiendo cuerdas y saltando el potro, que para algunos era un auténtico tormento y, cómo no, la figura del delegado de clase y aquella consigna que cada día escribíamos en la pizarra. No podían faltar las tizas de colores y el borrador que algunas veces salía disparado hacia la cabeza de algún compañero.
Los pabellones de hormigón. Los techos de escayola con agujeros, de clase. Yo solía sentarme cerca de la ventana.
Recuerdo que había en el jardín un aparato de dar vueltas. Se me ocurrió. en una ocasión. subirme a él y todavía no se me ha pasado el mareo.
Estaría en primero o segundo de EGB cuando el profesor de religión, cuyo nombre no recuerdo, me rompió un diente de una bofetada. Recuerdo que la clase estaba al fondo del pasillo y el baño, saliendo a la derecha, y yo debía estar sentado en las primeras filas. La bofetada me la dio con toda la intención, porque en ese momento me encontraba con la cabeza mirando hacia abajo, cerca de la mesa, donde estaban las notas. Yo había lanzado el catecismo al aire cuando requirió mi presencia. Al acercarme a su mesa, pude ver las notas. Traté de acercarme lo más posible para ver si aquel diez y aquellos dos positivos eran míos. Fue entonces cuando recibí el golpe.
A raíz de aquella agresión, el profesor fue expulsado. El revuelo que tendría hoy un caso así si un profesor agrediera a un alumno.
Conservo buenos amigos de aquella época, como José Luis Corell, Jorge Bolás o Juan Carlos Carratalá. Otros se fueron, como Nacho Cuesta.
En una excursión a la Albufera, recuerdo que, nada más bajar del autobús, cogí el balón. Detrás de mí venían corriendo todos mis compañeros, entre ellos Nacho Cuesta. Al llegar al lugar donde íbamos a jugar el partido de fútbol, habían colocado entre dos árboles unos alambres de espino, con tal mala suerte que me incrusté uno cerca del ojo. El anorak, verde y amarillo que llevaba, acabó completamente ensangrentado.
Tras el accidente, no crean que nos fuimos de regreso al colegio. Después de terminar el día y sin ninguna prisa, volvimos al colegio y, de allí, me llevaron al médico, donde pusieron un par de puntos.
Pero en el colegio no todo fueron alegrías; también hubo malos momentos. Entonces no se conocía como bullying, palabra que detesto, sino como acoso escolar. Un acoso que yo sufrí por parte de algunos compañeros y que nunca denuncié por vergüenza. Estuve a punto de hacerlo con un profesor que entonces era mi tutor, pero al final no lo hice.
Como era una persona fuerte, superé aquello.
Entre las cosas que me vienen a la memoria de aquella época están también algunos profesores como don Benjamín Llopis, don Vicente Caballero, Xavier Albiol, o don Miguel Galvis. Sigo empleando el plural porque siempre nos referíamos a los profesores de usted, en señal de respeto y, aún hoy, con 63 años, me cuesta tutearlos. Cuando los profesores entraban a clase, todos nos poníamos en pie.
Con la expulsión de estos profesores por razones ideológicas, el colegio perdió a algunos de sus mejores docentes. La libertad de expresión, de opinión y de cátedra eran incompatibles con el régimen. Eran tiempos difíciles para la libertad.
Continuará.