Tomé la primera comunión en el Colegio El Vedat. Don Enrique fue el encargado de oficiar la ceremonia en la capilla del propio colegio. Un acto al que asistieron familiares y amigos y en el que  tomé la comunión junto a otros compañeros del colegio.

Conservo el álbum fotográfico y también un pequeño libro con las tapas blancas donde anoté todos los regalos que recibí aquel día. La sesión fotográfica la hicimos unas semanas antes en casa. Recuerdo que tuve que vestirme yo solo y se me olvidó ponerme la pieza de tela que se ata o cruza al frente para cerrar la apertura del cuello en el traje de marinero, tan clásico en aquella época. Creo que se llama tafetán.  Yo tenía ocho años. Así que, en todas las fotografías, aparezco sin el tafetán.

El convite lo hicimos en el Hotel Astoria. Invité a varios amigos del colegio: David Nogués, Agustín García, Nacho Cuesta y José Luis Aspas. Recuerdo especialmente una anécdota con Nacho. Se  perdió y mi abuelo estuvo buscándolo hasta que finalmente lo encontró frente al televisor, tan tranquilo,  viendo un partido de fútbol. Una pequeña historia que, tantos años después, todavía me hace sonreír.

De los muchos regalos que recibí, conservo la cruz de oro de mi tío Pepe. Durante mucho tiempo la llevé colgada en el cuello. También conservo la cruz de plata que me regaló Nacho Cuesta y que todavía tengo en la mesilla de noche. Son pequeños objetos, pero para mí guardan una parte importante de aquel día y de las personas que estuvieron conmigo, muchas de las cuales por desgracia ya no me acompañan.

Fue un día inolvidable. Me sentía feliz. Tengo una fotografía que recuerdo con especial cariño en la que estoy posando junto a mi padre, que aparece pellizcándome el lóbulo de la oreja. Es una de esas fotografías que, más allá de la imagen, conserva un instante de nuestra relación y de cómo éramos entonces.

Y, como me gusta guardarlo todo, todavía conservo las tarjetas de comunión que se hicieron para aquel día tan especial. Mi madre y mi abuela se encargaron de repartirlas entre los invitados.

Han pasado muchos años, pero todavía guardo aquellas fotografías, las tarjetas, el pequeño libro de los regalos y las cruces. Quizá por eso, cuando vuelvo a mirar todo aquello, no siento que esté viendo solamente recuerdos de mi primera comunión. También estoy viendo al niño de ocho años que fui.

Otro momento especial de mi infancia era la fiesta deportiva del Colegio. Venían todos los padres y para nosotros era un día importante porque queríamos demostrarles que éramos los mejores de la clase. El problema es que no siempre se conseguía.

El día de la gala deportiva había un desfile en el que participaban todos los cursos, desde los más pequeños hasta los alumnos de COU. Al final de las pruebas se entregaban las medallas en las diferentes modalidades. No me pregunten por qué, pero tengo un montón de esas medallas en un cajón. Otro día les explicaré cómo llegaron a mí.

Yo competía en la prueba de velocidad, aunque la verdad esque nunca fui especialmente bueno corriendo. Salía el primero, con la ilusión de pasar delante de mis padres en primera posición, pero siempre llegaba el último. Mi tío Carlos me decía que tenía que guardar las fuerzas para el final.

Los  que corrían como una flecha eran Iván Vidal y Ángel Carbó. Ellos sí que eran rápidos. Yo, en cambio, tenía que conformarme con intentar llegar hasta el final, algo que a duras penas conseguía.

Ahora lo recuerdo con una sonrisa. Quizá no destacaba precisamente por mi velocidad, pero aquellas fiestas deportivas forman parte de mis recuerdos de colegio y de aquellos años en los que cualquier competición, por pequeña que fuera, se convertía en un acontecimiento importante.