Hacía siete años, desde septiembre de 2019, que no iba a Peñadorada. Hace unas semanas hablé por teléfono con Fran para preguntarle si había codornices. Me dijo que era mejor esperar unos días. Quería probar un invento que le habían aconsejado para atraerlas.  Así que este jueves decidimos ir. Me ha acompañado mi buen amigo Jorge Bolás.

Jorge con sus perros (Foto: PS)

Para llegar hasta Ossa de Montiel y cazar a la codorniz hay que madrugar. Pasadas las cinco de la madrugada he salido de casa. En la carretera que va a la Font de la Figuera, en el entrador de la finca El Poblet,había un arruí recién atropellado. Los accidentes debidos a la fauna salvaje son cada vez más numerosos.Aunque hay una señal que limita la velocidad a 50 km/h por el peligro de animales sueltos, el susto del conductor todavía le debe durar en el cuerpo. Desde luego, si ha sido un coche, habrá quedado bastante dañado porque el animal pesaba alrededor de cien kilos.

Hemos quedado en vernos en un bar que hay a la entrada de Ossa de Montiel. Todas las vías de servicio se encontraban cerradas a esas horas de la madrugada. De allí nos ha acompañado Fran hasta la finca. Debido a un dolor lumbar no ha podido cazar con nosotros. Nada más bajar del coche le ha volado una codorniz de los pies. La mañana prometía.

La mano la hemos hecho al revés de cómo yo solía hacerla. La caza de la codorniz requiere de buenos perros. En mi caso, Blaki salía por primera vez y las dos codornices que he podido matarle las ha cobrado muy bien. De hecho, una de ellas, ha sido prácticamente mérito  suyo, después de verla yo apeonar delante de mí.

Jorge ha aprovechado las pocas oportunidades que hemos tenido y también se ha colgado dos codornices.

Hemos encontrado muchos restos de excrementos de venado y de zorra. Las fincas que lindan con Peñadorada son fincas abiertas de caza mayor y los venados bajan a la laguna a refrescarse.

Blaki ha llegado algo cojo a casa. Hemos caminado bastante en las poco más de dos horas y media que hemos estado cazando. El tiempo ha acompañado. No ha hecho nada de calor.  Las nubes han sido nuestras mejores aliadas. Además, la laguna ha servido de piscina a los perros, que en todo momento entraban a refrescarse.

Se han visto pocos torcaces. Del cañizo me ha volado alguna becacina. Su vuelo zigzagueante es inconfundible. Habrá que esperar a que se abra la veda general para poderles tirar, al igual que a los patos, que se contaban por centenares dentro de la laguna.

La tórtola europea se está recuperando. He contado más de una docena.

Peñadorada, a pesar de no tener la caza que tenía antes sigue siendo un paraíso cinegético. Mucha culpa de que esto ocurra la tiene la entrada de  venados y jabalíes en la finca. Donde hay mucha caza mayor es difícil que haya caza menor, como la perdiz o el conejo.

 Me ha gustado recorrerla  de nuevo con el coche, porque me ha traído innumerables recuerdos, muchos de los cuales los viví junto con mi amigo Ramón Ferrero. Su hijo, Genaro, sigue cazando en Peñadorada. Yo creo que lo hace  más por el cariño que le tiene a la finca que por la caza que consigue abatir.

Peñadorada ha sido uno de los cotos más completos que he conocido a lo largo de mis muchos años de llevar la escopeta al hombro. Ha tenido todas las especies de caza menor: Torcaz, tórtola, liebre, conejo, perdiz, tordos, patos, codorniz, becacinas, becadas,…

Hoy ya no es aquella Peñadorada de hace años. La caza ha cambiado y también lo ha hecho el campo. Pero volver después de siete años me ha servido para comprobar que hay lugares que, aunque con el paso del tiempo ya no sean los mismos, siguen guardando intactos nuestros recuerdos.

Y quizá por eso, más que las cuatro codornices que nos hemos llevado esta mañana, lo que me llevo de Peñadorada es la satisfacción de haber vuelto a caminar por un lugar que durante tantos años formó parte de mi vida.

Isabel Donet, periodista, escritora y, sobre todo, buena amiga mía, encuentra las palabras exactas para describir Peñadorada:

“Hay paisajes que descubrimos y se quedan en la memoria: una determinada luz, la ondulación suave de la tierra o ese horizonte que parece alejarse cuanto más lo miramos. Peñadorada tiene algo de eso.

En el paisaje se suceden los verdes, los amarillos y los dorados de los campos después de la siega; la tierra que descansa y la que vuelve a brotar. Y, por encima, un cielo limpio, intensamente azul. Un cielo que parece agrandar todavía más el paisaje.

Al caer la tarde, la luz se detiene. Es entonces cuando los dorados, tal vez, se vuelven cobrizos, las sombras se alargan y el horizonte adquiere esa belleza serena que precede a la puesta de sol. Es un pequeño paraíso para los sentidos.

Hay lugares que acaban formando parte de nuestra biografía. Lugares que cuando los evocamos, recordamos a las personas, las palabras, pero también la luz, las hierbas en los márgenes del camino o el olor de la tierra. Y, con los años, se convierten en un trocito de nuestra memoria. Solo hay que cerrar los ojos para que sigan estando allí”

Gracias, Isabel, por mirar Peñadorada con esa sensibilidad y ponerle palabras a algo que nosotros sentimos cada día.