Empecé con siete años en el colegio El Vedat. Allí pasé la mayor parte de mi vida, hasta COU. Tengo muy buenos recuerdos de algunos profesores, como don Juan Más, que tuve en 1º de EGB, y don Benjamín que tuve en 5º. Este último también venía a darme clases particulares de matemáticas a casa, una asignatura que siempre se me resistió.
El Vedat es un colegio religioso del Opus Dei, pero a mí aquello no me traumatizó. Yo siempre he tenido mis propias ideas, incluso cuando era pequeño, y por tanto, más vulnerable.
A veces lo pasaba mal en el colegio, sobre todo después de las vacaciones. Me costaba mucho adaptarme al ritmo académico. No fui un buen estudiante. Me esforzaba poco, la verdad. Normalmente me quedaba alguna asignatura pendiente para septiembre. En verano también tenía clases de repaso.
El curso que más me costó fue 8º de EGB. Estuve a punto de repetir. Había que pasar limpio y empezábamos lo que entonces se llamaba BUP.
Había un profesor muy cinéfilo que se llamaba don Justo. Fue tutor mío. Daba clases de literatura, latín y griego. Montó un club de cine. Las películas eran los sábados. Era conveniente ser socio porque, si no, tomaba represalias.
Alquilaba un proyector de 16 mm y traía películas formidables de los Hermanos Marx, John Wayne o Jerry Lewis. Creo que allí vi por primera vez: 2001: Una odisea del espacio, Centauros del desierto y Una noche en la ópera. Allí comenzó mi fascinación por el cine. Después de cada película había un pequeño coloquio.
En clase solía sentarme cerca de la ventana y en las últimas filas. Lo pasaba mal cuando el profesor nos sacaba a la pizarra. Siempre he tenido mucho sentido del ridículo.
Lo recuerdo vagamente. Éramos muy pequeños. Nos sacaron a la pizarra, cantaron o pusieron una música y nos hicieron bailar, mientras el resto de compañeros se mofaban de nosotros. Aquello me marcó bastante.
Conservo apuntes y libros de texto de aquellos años. También dictados. Don Justo nos hacía dictados todas las semanas y las faltas había que copiarlas cien veces. Yo no tenía demasiadas faltas de ortografía.
Recuerdo a Miss Carmen, así la llamábamos, que fue profesora de inglés. En una ocasión nos hizo leer una canción de Neil Diamond y nos subía nota si éramos capaces de cantarla. Aquella canción era Lonely Looking Sky. Después la he cantado muchas veces. Neil Diamond es uno de mis cantantes favoritos.
Al ser un colegio religioso, las clases se interrumpían, por si algún alumno quería salir a confesarse. Yo solía hacerlo con frecuencia. No porque tuviera muchos pecados, sino por no estar en clase.
Tuve un incidente bastante desagradable con un cura del colegio, cuyo nombre omitiré porque ya ha fallecido y han pasado muchos años. Trató de sobrepasarse conmigo. Más tarde averigüé que también lo intentó con otros compañeros.
Salí espantado de aquel despacho. Nunca se lo conté a nadie, tampoco a mis padres. Mi padre también me contó que tuvo una experiencia parecida cuando era pequeño.
A las doce tocaba rezar el Ángelus. Cada día le correspondía a un compañero.
En la clase éramos 42 alumnos. Había dos grupos: X y Z. Por mi apellido, yo era de los últimos de la lista, y eso suponía un problema, sobre todo en las revisiones médicas, cuando nos miraban las amígdalas y teníamos que compartir el mismo aparato.
Los profesores eran personas con mucha autoridad y que infundían respeto. Al entrar en clase nos levantábamos y nunca le tuteábamos. Siempre hablábamos de usted. De hecho, todavía hoy, después de tantos años, cuando he coincidido con alguno de ellos, me cuesta tutearles.
Los viajes en autobús eran una odisea. Tardábamos más de media hora en llegar al colegio, que está en Torrente. Si perdías el autobús, como me ocurrió a mí un montón de veces, tenías que coger el trenet.
Éramos bastante cafres. Hacíamos todo tipo de travesuras, algunas mejor no recordar. Había un profesor encargado en cada autobús. En el mío estaba don Andrés.
Las camisetas de deporte eran de color rojo, con una franja en diagonal. La que yo llevaba era violeta. Más tarde, eran naranjas, con una costura negra en el hombro.
Comíamos y merendábamos en el colegio. Las clases terminaban a las cinco de la tarde. Nos daban bocadillos. Allí odié el membrillo. Había que terminárselo, te gustara o no. No lo he vuelto a probar desde entonces.
Al llegar a clase tocaba hacer los deberes, no sin antes ver los payasos de la tele o Un globo, dos globos, tres globos.
Continuará