Este año nos hemos movido poco, por no decir nada. El estado de alarma vigente hasta hace apenas un mes ha hecho que muchos hayan dejado el coche aparcado durante largas temporadas.

Pero lo más probable es que este verano las cosas cambien. Ya no hay limitaciones de movilidad y el avance de la vacunación augura un verano intenso en cuanto a desplazamientos en coche.

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Hace muchos años ya que las campañas de concienciación sobre el peligro de las drogas y el alcohol a la hora de coger el coche nos han concienciado a todos. Pero ¿Qué pasa cuando padecemos enfermedades que afectan a nuestro sistema nervioso? ¿Tener un deterioro cognitivo ligero, una demencia, sufrir narcolepsia o epilepsia puede afectar a la conducción?

La respuesta es sí. Por eso la Dirección General de Tráfico (DGT) y la Sociedad Española de Neurología (SEN) han publicado el «Manual de Neurología y Conducción», un trabajo que ha sido elaborado con el objetivo de analizar la repercusión de las enfermedades neurológicas sobre la capacidad de conducir.

Muchas de las enfermedades del sistema nervioso aumentan el riesgo de accidente de tráfico al reducir las habilidades para la conducción, al mermar la función cognitiva o las habilidades motoras o de coordinación.

Y precisamente dentro de ese factor humano entran los condicionantes que suponen padecer patologías como la epilepsia, las enfermedades cerebrovasculares, la patología neuromuscular, los trastornos del movimiento, las enfermedades desmielinizantes, las alteraciones cognitivas, los problemas del sueño o los trastornos oftalmológicos.

Neurología y conducción

En 2019, según la DGT, fallecieron 1.755 personas por accidente de tráfico y 8.605 personas tuvieron que ser ingresadas en un centro hospitalario durante más de 24 horas.

Se sabe que son las personas más jóvenes junto con los mayores los que tienen mayor riesgo sufrir un accidente de tráfico y fallecer por esta causa. En el caso de las personas mayores, el proceso de envejecimiento (como suma del deterioro psicomotor, enfermedades y medicaciones) incrementa este riesgo.

Por otra parte, conducir bajo los efectos de sustancias psicoactivas es un factor de riesgo muy presente (el 23% de los conductores fallecidos tuvo resultado positivo en la prueba de alcoholemia), así como la distracción, la perdida de atención, que aparecen en un 38% de los accidentes con víctimas.

Determinar qué enfermedades suponen un factor de riesgo de un accidente de tráfico es muy complejo, debido a la gran cantidad de variables que intervienen. No obstante, los expertos estiman que padecer una enfermedad neurológica supone un riesgo 1,75 veces mayor de tener un accidente de tráfico.

Es más, en el caso de padecer algunas patologías muy concretas, pacientes con deterioro cognitivo ligero o demencia, el riesgo se incrementa entre 2,5 y 8 veces. En el caso de pacientes con narcolepsia el riesgo es 3,7 veces más y con epilepsia el riesgo de padecer un accidente es 1,8 veces mayor.

Estos datos muestran su relevancia en el momento en el que se comparan con el riesgo que supone conducir habiendo consumido drogas o medicamentos que es de un 1,6%.

Pero los neurólogos introducen una matización y es que no todas las enfermedades neurológicas se consideran un factor de riesgo y no todas provocan las mismas dificultades para conducir.

Y es que tener en cuenta que los medicamentos para el tratamiento de las enfermedades neurológicas, en general, reducen la sintomatología de la enfermedad y mejoran la capacidad para conducir.

«Pero en ocasiones, son estos fármacos los que aumentan el riesgo. Por lo tanto, son factores que deben ser considerados por el médico que los prescribe y sobre los que debe informar al paciente”, señala la doctora.

Por ello, la valoración de las aptitudes del paciente para conducir debe ser individualizada ya que hay «diferencias en la forma de presentación de una enfermedad entre un paciente y otro, el momento evolutivo de la enfermedad, la respuesta al tratamiento, el tipo de fármaco empleado y la asociación a otros problemas (como por ejemplo consumo de alcohol)», concluye la doctora Íñiguez.

Desde la SEN se recuerda que conducir es una tarea compleja que requiere mantener las capacidades perceptivas, cognitivas y motoras para hacerlo con seguridad.

Depende de un sistema nervioso integrado y coordinado, por las numerosas bases neurobiológicas y neuropsicológicas que subyacen en la conducción de vehículos: percepción sensorial, ejecución y control motor y visuomotor, cognición, atención, memoria y emoción.

Unas capacidades que se pueden ver alteradas por un trastorno o una enfermedad, con el consiguiente incremento del riesgo de colisión y de lesiones para el conductor o terceras personas.

Es, por lo tanto, de vital importancia que pacientes y profesionales sanitarios adopten una actitud responsable a la hora de valorar la capacidad para la conducción.

Por ello el en el manual los neurólogos «describen patologías, se incide en las condiciones que limitan la conducción, se abordan los aspectos legales e incluso se dan consejos a los pacientes», destaca la neuróloga Susana Arias.