Después de dos años de espera, por fin, un total de 8.920 corredores nos reencontramos ayer con una de las carreras icónicas de Valencia Ciudad del Running. Nuevo protocolo, nuevo circuito pero la misma (o mayor) ilusión de siempre. «Estoy más nervioso que cuando hice el examen del MIR» me confesaba Dionís, un joven médico de 28 años que ayer se enfrentaba a su primer medio maratón. València sigue teniendo un pacto con la climatología y de nuevo salía un día perfecto. A ello se unió un circuito que otra vez más, demostraba que València es una ciudad diseñada para correr.

Un atleta pasa por el Portal de la Mar, en pleno centro. | E. RIPOLL

El menor volumen de corredores y las salidas más espaciadas permitían correr sin atascos desde el primer momento. La emoción nos embargaba tras cruzar la línea de salida. Por fin había llegado el momento. Para mí era la doudécima edición consecutiva del Medio Maratón de Valencia. València volvía a vibrar con el atletismo popular, volvían las batucadas a acompasarse con los latidos de nuestros corazones, con nuestras zancadas. En La Alameda nos cruzábamos con la cabeza de carrera, ellos ya enfilando los últimos kilómetros, nosotros aún con muchos por delante. Aplausos y admiración para la élite ¡¿cómo pueden correr a ese ritmo?!. El paso por el centro de València, especialmente por Colón volvían a convertirse en mágico. Entre las novedades de esta edición, la obligatoriedad, que casi todos los participantes acataron cívicamente de llevar mascarilla en las zonas de salida y meta. Una pequeña molestia que bien valía la pena.

8.806 corredores cruzábamos la meta, felices, rivalizando en sonrisas. Un censo, una cifra, que a buen seguro será mucho mayor en 2022 pero que tras los duros meses de pandemia, supone un soplo de aire fresco, un síntoma de que la vida está a punto de volver a ser tal y como la conocíamos.

Un corredor saluda durante la carrera. | E. RIPOLL