14 de agosto de 2020
14.08.2020
Levante-emv

Mediterráneo: la gran fosa común

14.08.2020 | 22:39
Mediterráneo: la gran fosa común

¿Pero qué hago aquí? El dinero que me prestaron mis vecinos para llegar a Europa, ¿lo podré devolver algún día? ¿Merecerá la pena el riesgo corrido? Me siento como un pelele sin voluntad propia al que fueran a mantear. Sin capacidad de actuar, me dejo arrastrar en el torrente de acontecimientos: asustado, metido en esta barcaza de mala muerte atestada de otros muchos que, como yo, van en busca de una oportunidad, de un futuro que poder construir. En esta noche sin luna, plagada de estrellas, puedo oler sus miedos, ver sus enormes ojos blancos exageradamente abiertos. Percibo el brillo del sudor que perla sus frentes... Estoy tiritando –no sé si de frío o de miedo– y mis manos, heladas, están sudorosas. Comparto los temores y anhelos de mis compañeros: nos hallamos en medio del agitado mar tratando de entrar en un país que no es el nuestro de forma ilegal. La única que podemos. No somos criminales y no comprendo por qué no podemos viajar donde queramos. Es arbitrario e injusto. Los ricos y poderosos sí pueden. ¿Qué nos diferencia? ¿El dinero? ¿Acaso no somos seres humanos como ellos? En esta barcaza abarrotada de personas, las enormes olas, con sus crestas blancas sobre el oscuro telón de la noche, que en un barco de línea ni se notarían, resultan aterradoras. Me pregunto, una vez más, para qué tanto riesgo, ¿por qué?... Sí, ya sé: para buscar un futuro mejor a mi prole, para dar una esperanza por la que vivir a mi familia, que ahora siento tan desgarradoramente lejana. Mi familia... qué palabra tan evocadora de gratos y felices momentos... Pero, ¿qué ocurre? Esos gritos vienen de otras barcazas como la nuestra. ¡Dios mío! ¡Chocamos contra la costa! ¿Qué hacéis? ¡No os lancéis al agua! ¡Quietos! ¡Vais a volcar el bote! ¡No sé nadar! Si me ocurre algo, ¿qué será de mis hijos y mi mujer anclados en la miseria y sin esperanza?... Volcamos. ¡Socorro!...

No muy lejos de allí, Juanito hace sus deberes en su confortable hogar ante un globo terráqueo físico y, abstraído, observa el mundo como se ve desde el espacio: algo insignificante y sin las fronteras disgregadoras que dibujan los hombres.

A la mañana siguiente, en el desayuno el padre de Juanito lee en el periódico la trágica noticia del naufragio de unas pateras en la cercana costa y llega a la conclusión de que lo único que puede ayudar a solventar esta inmoralidad, de la que todos somos en parte responsables, es un desarrollo justo, equilibrado y verdadero, henchidor de anhelos y esperanzas en las zonas deprimidas del hermoso, aunque irracional, planeta que habitamos.

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