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El Guadiana inundó El Madrigal

El Villarreal no supo administrar los dos goles de ventaja y se dejó dominar por el Getafe para poner punto y final a una mala racha

El Guadiana inundó El Madrigal

El Guadiana inundó El Madrigal

En el momento de las dudas, de los lesionados y de una inercia negativa, sólo cabe el fútbol. Cuando la pelota viene torcida, toca reposarla, acariciarla y darle alegría. Y si el rival se aplica y te provoca con su intensidad, tanto da mientras sepas reubicarte, ganar la posición y dejar que el sol imponga su luz. Esa guía la encontró el Villarreal en Trigueros. Cierto que tardó, que no pintaban bien los inicios, pero sólo era cosa de dejar que el arreón inicial de los visitantes se disipara en las manos de Asenjo para que empezara a cuajar la ley inexorable del fútbol.

No fue un partido brillante, ni podía serlo con los precedentes descritos. Demasiados cambios y no pocos recelos, un Getafe más ansioso que rebelde y una extraña, por fría, sensación desde la grada. Así que sólo era cuestión de darle tiempo, y gusto. En eso se aplica Trigueros como nadie, como quien no está pero todo pasa por él, abriendo espacios y distribuyendo para, poco a poco, convertir la ansiedad de los azulones en su peor defecto, en una precipitación que él se encargaría de rentabilizar en beneficio propio. Y lo mejor de todo, dando la sensación de que ni se esforzaba en ejercer esa mágica conducción.

Dos latigazos, primero Mario Gaspar y luego Gerard Moreno -dos canteranos en un presupuesto millonario-, se encargaban de cristalizar numéricamente cuantas teorías y cábalas se habían dibujado sobre el césped. Fue rápido, letal en consecuencia. Las escasas aspiraciones de Contra de que se añadiera la presión como lastre local, quedaban en nada. Puede que incluso de manera cruel por fulminante, pero incontestable mientras los suyos se desinflaban de manera alarmante.

Se adivinaba en lontananza la goleada. Sólo era cosa de aprovechar espacios para dejar que el peso de la calidad hundiera al contrario. Ni pensarlo. Más sorprendido que superado, el Villarreal se dejó marcar para equilibrar la contienda. Dentro de la misma dinámica, el parcial engañaba. Más sobrio y menos lucido, lento incluso en la concepción, el Getafe pudo así salvar la humillación que revoloteaba por el Madrigal. Había cambiado de estilo, más vulgar incluso, pero sus llegadas fueron ahora más numerosas y sólo la feliz presencia de Asenjo evitó que reaparecieran los fantasmas por injusto que pudiera parecer.

La diferencia en el riesgo no habia llegado al marcador, de forma que los estertores del partido se rebozaban de emoción. La concentración cobraba ahora protagonismo, una concesión al pragmatismo a la que ahora se entregaba el Villarreal para romper su mala racha y trasladar la misma al contrario.

El Guadiana había inundado el Madrigal. Primero premiaba el buen gusto local y luego lo castigaba con una diferencia de goles exígua. Al revés que con el Getafe, castigando en exceso sus mejores momentos, para acabar premiando su cara más mollar. Los triunfos volvieron, mas las dudas se mantienen.

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