06 de marzo de 2019
06.03.2019
Libertad de barra

Votar y votar, y volver a votar

06.03.2019 | 12:17

Impera el yo. El yo sobre el tú, el yo sobre el vosotros, sobre el nosotros. No es nuevo este afán de preponderar sobre el prójimo en la especie humana; es más, se podría afirmar que se advierte consustancial, que precisamente por esta tendencia histórica a la supremacía, los individuos que se tienen a sí mismos por alfa no reparan en denostar o combatir contra quienes no reconocen su liderazgo. De este canibalismo dan prueba los millares de guerras declaradas, los millones de asesinatos cometidos para eliminar a los molestos, las incontables purgas, los genocidios, las hambrunas provocadas, los trofeos de caza que cuelgan de los salones de los pudientes, las palizas a perros, el abandono de pueblos, países enteros sin recurso; abyecciones las descritas, entre otras muchas, que el hombre, en particular el masculino, ha perpetrado y perpetra para sentirse único, semidios, dominador, quizá para olvidar, en esencia, su condición de mortal, de frágil, de prescindible.

Entroncando con esa exhibición continuada de yoes superlativos en estos tiempos de postularse como el más magnético de los líderes, este crescendo electoral patrio me provoca un hartazgo personal de democracia representativa, abocado como me veo a delegar la gestión de mis libertades y de mis capacidades en tipos de los que no sé cómo se comportan a micrófono cerrado, a supeditarme a las estrategias geográficas de partidos que no dudan, por concretar, en presentar a un oriundo de Barcelona como número uno en las listas de Toledo, o a otro de Bilbao en las de Ávila, asimilando el poder a aquella túnica cristiana que troceaban los soldados, minimizando al elector y ridiculizando la división en circunscripciones del sistema electoral español.

José Manuel Villegas es uno de esos tipos advenidos para medrar en la política, un catalán que ni baila sardana, ni come calçots por febrero, y que no solo desprecia la lengua de su región, sino que se aviene a someterla al totalitarismo del castellano, evitando cualquier buceo en su propia cobardía como individuo incapaz de asumir que las sociedades evolucionan con independencia de las leyes. Un exponente que pone de manifiesto que, en este caso a Ciudadanos, les importas menos que poco, votante toledano, que si escoges a semejante trilero de la razón y de la idiosincrasia con la esperanza de que defienda los intereses de tu provincia, estas jodido porque la atención que le va a prestar Villegas a los molinos de Consuegra estará cercana al cero absoluto. Pero aun así, con estas premisas conducentes a su propio beneficio, el barcelonés de boquilla obtendrá su cátedra electoral a costa de esa campaña de demolición, eficaz, de tu capacidad de análisis, votante toledano, y no tendrás argumentos para quejarte cuando el arribista esté por todo menos por ti, por los tuyos, por Toledo. ¿Dónde está Toledo?

Mi alternativa para no tener que escoger a aquellos de los que solo conozco su capa de maquillaje (eximo a los candidatos municipales, por las lógicas razones de proximidad vecinal, de cosmos conocido) practicada en otras fases de esta lábil democracia española, capaz de imponer a los jueces decisorios desde la política (Tribunal Constitucional, Tribunal Supremo) y desgañitarse con ejemplaridad de la separación de poderes, supondría no votar, expresar esa variante civilizada, o eso creo, del nihilismo cívico mediante la abstención. Pero no, en las próximas citas no me voy a permitir esa indolencia protestataria y voy a ir a votar con el cuchillo del progresismo entre los dientes, para contrarrestar a los bocazas cansinos a los que les subyuga cazar, ir a los toros, envolverse en una bandera victoriosa, desconfiar de las mujeres y conservar las prerrogativas de la Iglesia, amén de presionar la yugular de los territorios que cuestionan las unidades administrativas eternas solo porque una ley humana, confeccionada por hombres, solo hombres, unitarios, así lo determine.

Votaré progresista y convencido. Votaré socializar el bienestar sin desoír al capitalismo, pero sin convertirlo en atroz, en absoluto, como pretende, con sus matices partidistas, el bloque casposo de una derecha siempre intolerante con el contraventor, una derecha abrupta y soez (por mucho que Ciudadanos se postule como equidistante entre sí mismo y propio su ombligo mutante), que propugna el aplastamiento frente al diálogo, los rifles por encima de los claveles, los cojones sobre las concesiones, al rey sobre la república, el yo al que aludía de inicio sobre el vosotros.

Votaré progresista, aunque no el progresismo de aquellos abanderados que se presenten disfrazados con la hipocresía del maquillaje, del decir sobre el hacer, de la asunción de lo heredado sin meter los dedos en el costado de las transformaciones sostenidas que desembocan en revoluciones tranquilas. Votaré a aquellos que no tengan intención de perpetuar la monarquía sin someterla a un revisionismo popular, a quienes se cuestionen la oportunidad de una

Constitución ambigua y polvorienta que faculta a los gobiernos a intervenir con ira sobre lo que no les acomoda; a quienes no instrumentalicen la demagogia; a quienes no baladroneen, a quienes se equivoquen, a quienes no se conduelan institucionalmente de las tragedias con un simple tuit que inserta su community; a quienes€ ¿a quiénes?

Votar como responsabilidad no ya democrática, que eso me suda los solsticios, sino como tesela para impedir que lo viejo vuelva a ondear en los edificios públicos, que los paquidermos neofranquistas pisoteen los sembrados de mis libertades venideras. Votar, en contra de mis propias creencias, para que despojos como Santiago Abascal y doce de los suyos sigan siendo reducto y no sodomicen las instituciones con su odio secular puesto al servicio de una de las múltiples resurrecciones del fascismo contemporáneo en forma de agrupación política organizada y permitida, a diferencia de sus intenciones, y las del masterizado por Aravaca de Casado, de ilegalizar a quienes entiendan la libertad como antagonismo de lo totalitario.

Pese al continuum electoral en el que ya transcurrimos no tengo pensado convertirme en una víctima de la propaganda de ninguno de los actores que aspiran a coronarse en mesías de mis actos; confío en mi bagaje para decidir sin injerencias propagandísticas. Sé quien soy y sé quienes son. No necesito de mayores estímulos para votar y votaré, progresista, aunque quizá en el último instante, llevado por mi descreimiento, introduzca en la urna uno de aquellos claveles sobrantes que afloraban de los cañones de los rifles de la revolución portuguesa del 74 mientras tarareo Venecia sin ti.

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