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Opìnión / Las cuarenta

Garrido

Ya siento contrariar a esos seguidores que afirman no leerme y luego me ponen a parir en Twitter, pero, para su desazón, cada vez me gusta más hablar con José Miguel Garrido: irradia optimismo. Lástima que se prodigue tan poco. Su teoría de defenestrar a cuatro equipos más malos no es nueva, pero cala ese argumentario patriota que nos sitúa segundos en la clasificación de estas diez últimas jornadas que van a dilucidar las posiciones de descenso, y que lidera el Mestalla con siete puntos y nosotros con seis.

Con Garrido me pasa como con los jugadores. No tenemos recambio, por lo tanto son los que nos tienen que salvar, ora en la clasificación ora en el ámbito mercantil. Cuestión distinta es que seamos conscientes de las limitaciones técnicas de los futbolistas de cara a futuros proyectos, de la misma manera que criticamos la ambigüedad, cuando no el oscurantismo, con que gusta de trabajar el propietario del CD Castellón. Pero cómo no va a gustarme que acabe dándome la razón si arrincona al inútil de Juan Guerrero y sostiene las bridas del desbocado Vicente Montesinos. Eso o le gusta mucho el cine, que es el eufemismo que empleaba contra la impudicia Quique Hernández cuando ocupaba el banquillo de Castalia.

No creo que Garrido sea tan cínico como para anunciar en falso que toma las riendas de las decisiones deportivas, que desaparece la figura del director deportivo y que relega a otras funciones a su polémico y parlanchín empleado. A ver partidos de su añorado grupo andaluz, me confesó. Y tanta paz encuentre como aquí deja.

Respecto del presidente, no diré yo que desprecie su aportación cuando desmiente que Castalia les pesa a los jugadores. Lo mismo lo vengo sosteniendo yo y no por eso pienso que la opinión de Montesinos carezca de valor. Pero me suena a desautorización cuando Garrido acepta que ha equivocado la estrategia con la alcaldesa, digo la de rajarla en cada rueda de prensa y entrevistarse con el resto de grupos políticos. Una cosa ha quedado clara, y es que no ha conseguido el objetivo deseado.

Mas el desgaste presidencial es tan evidente que ya no puede ser el interlocutor en la urgente negociación de un convenio de cesión de Castalia que permita disfrutar a los castellonenses de su equipo, y la inmensa mayoría de los 13.000 abonados lo son. Tras las elecciones del 26 de mayo habrá que abordar sin tapujos la adecuación y mejora del estadio, como una necesidad de la ciudad para cualquier gobierno, siempre y cuando Garrido no amenace con llevarse el equipo, porque entonces se quedará solo.

Ídem del lienzo con la necesaria ampliación de capital. Garrido tiene claro su papel de inversor, pero prefiere hacerlo en cuentagotas para nuestra agonía. Puede guardar razón cuando duda que nadie fuera a participar de una operación mayor y abierta, pero convocarla supone un gesto que reforzaría su posición más allá de lo que pueda ahorrarse con mayor participación.

Es lo mismo que me ocurre con las demandas presentadas contra Castellnou y contra David Cruz. El máximo accionista lanza sapos de la herencia recibida y espera la condena contra los expoliadores, pero no se decide a colaborar. Hasta cambia el rictus e interpreta cierta sorpresa cuando le informo del dinero que puede recibir en forma de sentencia judicial. O a Garrido le gusta mucho el cine, o hay demasiadas cosas que no le han contado del Castellón. Y en los dos casos, huele a que quiere cambiar el establishment.

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