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Opinión

Centuriones

Vale, sí, a mí también me caen muy bien Ángel y Pablo, hay que agradecerles lo que hicieron por salvar el CD Castellón, incluso si fuera cierto que al final recuperaron el dinero invertido como les acusan los maledicentes, que también los hay entre los que hasta hace nada eran sus compis. Hasta les perdono que se disfrazaran de romanos para hurtarnos el gentilicio orellut, pero que no me vengan con milongas sobre la planificación deportiva como causa de su renuncia antes de acabar la temporada, dejando a los demás la obligación de animar y alentar al equipo que ahora dejan a la intemperie.

No fuimos pocos los que cuestionábamos el fondo y la forma de aquella escabechina quasi xenófoba en septiembre, que es cuando hay que decirlo. Y no es que pretenda pasar factura, es que me dan lástima todos aquellos voceros que se llenaban la boca -y se llenan- con su defensa de la gestión «porque estos son de Castelló» (sic), como si en el ADN pairal se escriturara esa infalibilidad que ya se le discute hasta al papa. Sin duda, la mayor desunión en la grada ha nacido al socaire de ese reparto de carnets de albinegro desde cuentas tuiteras amigas, con la anuencia de Jordi Bruixola, que no olvidemos siempre sale indemne de toda gresca desde los tiempos de David Cruz.

Barrunto si la siempre sana discrepancia que se ha confirmado en la dirección de la SAD, no deja de ser un eufemismo sobre el indudable desprecio sufrido, y por otra parte esperado, a medida que José Miguel Garrido ha ido poniendo más en liza y en consecuencia cobrado protagonismo, ora en las decisiones ora ante los micros y los fotógrafos, que de eso también se trata, no nos engañemos. En realidad es el mismo desdén que venimos padeciendo la inmensa mayoría de la afición.

No hablarán por el momento los dimitidos. Pero ya adivino que cuando lo hagan denunciarán que ellos no hubieran dado las mismas bajas en verano, que se sumarían con gusto a las causas contra Castellnou y Cruz, y hasta que la alcaldesa ha actuado bien en la defensa del patrimonio de la ciudad frente a intereses espúreos y, sobre todo, extranjeros.

Todo consecuencia del desamor. Y eso que el dueño del Castellón ya lo dejó claro en su ronda de entrevistas con los medios de comunicación del día uno. «He venido a tomar las riendas», y aunque en principio sonaba a un bofetón en toda regla que empujaba al destierro al autor de los desaguisados que nos hunden en la miseria de la clasificación, digo de Juan Guerrero, no es menos cierto que algunos ya intuían entonces una revolución en el establishment ( Las cuarenta, tres de abril), que ahora vuelvo a poner en boga para advertir al presidente de la que se le viene encima.

Porque no fueron casuales las puyas que el máximo accionista clavó en el morrillo de Vicente Montesinos. Empezó por afearle que la grada supusiera una presión añadida para los jugadores, llegó a poner en duda sus conocimientos deportivos por no ser su área, y acabó por cuestionar su estrategia en la que era su responsabilidad directa, la de conseguir el apoyo del ayuntamiento en la renovación de Castalia.

Parecerá claro que el siguiente objetivo será apartar a Montesinos del cargo, y para ello no le faltarán traidores al presi. Pero no va a tener tan difícil que deje el club como la Fundación, patronato que ostenta a título personal y no como representante de la SAD, porque, ¡ay la Fundación!, se convertirá en el bastión de las esencias del albinegrismo, el escudo romántico frente al voraz mercantilismo. Y, por qué no decirlo, la dispensadora de un par de nóminas, o más.

El único disolvente que puede separar a Montesinos del proyecto será, curiosamente, aquél con el que más se ha jugado el tipo en beneficio de su exsocio. Porque después de negar al juez una documentación que, en puridad, corresponde a Garrido en tanto que comprador del club, será Montesinos el imputado y no al revés.

No dudo que tiene derecho el todavía presidente a sentirse un tanto abandonado por Dealbert y Hernández, que a fin de cuentas habían formado un triunvirato. Pero ya se sabe cómo acabó el de verdad, con Craso muerto ahogado en oro, Pompeyo decapitado pidiendo ayuda y Julio César asesinado a manos de su hijo, entre otros. Que cada cual pinte los personajes a su antojo.

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