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Opinión

Alucina, vecina

Compruebo como mis convecinos de mesa electoral en la Casa Abadía en los pasados comicios del 28A han optado mayoritariamente por el PP. Me tranquilizo: lo han vuelto a conseguir y mira que esta vez era difícil. Y me consuelo y pienso que, por el mero hecho de vivir en pleno centro ya se sienten centrados, liberados de sucumbir a las excentricidades voxitas que constituyen una suerte de populismo de extrarradio. Tampoco han tenido que reubicarse mucho, pues en el ombligo de su pequeño mundo -aunque aquí ya no viva casi nadie- los pocos que quedamos seguimos creyendo que somos el centro y el Todo Castelló. Y es que los habitantes de este kilómetro cero de las calles peatonales y las plazas duras, aunque nos parezcamos cada día más al agujero negro de un donut, aún tomamos la parte por el conjunto. Así, como si de una sinécdoque urbana se tratase, la ciudad, más allá de la calle Gobernador y de la Ronda, de la Casa del Rellotge y de la Casa Sindical, se nos antoja Terra Ignota. Allí, en el Raval del Codony o el de Trinitat, en el Grau o en los grupos periféricos, donde también hay vida, la gente vota otras cosas, cosas raras, mientras en la Gaiata 1, el Cor de la Ciutat, el mapa continúa tiñéndose de azul clarito, igualito que el manto celeste de la Purísima de Santa María.

Dentro de la muralla medieval (ahora solo mental o en indicaciones a ras del suelo), sus escasos residentes se resisten a que el partido de Casado retroceda frente a los avances de la izquierda barriobajera, sus confluencias y compromisos, y también a los cantos de sirena de esas novedosas ofertas electorales que surgen a diestra y ultradiestra. Pero, recuerden, los de la volta de la processó y el tontódromo no votan, fichan. Lo mismo les da que quien se presente sea don Manuel, don Tancredo o aquel ilustre veraneante de Playetas de cuyo nombre no quiero acordarme. Otros necesitan sacar a pasear a don Pelayo y a don Santiago Matamoros, sin embargo nuestros imbatibles populares de la Casa Abadía, conservan un arma infinitamente más poderosa: la tía Carmen, mi vecina del primero. Aquella buena mujer me pasaba la llista cuando de pequeño sentía retortijones . Rezaba lo que sabía, evolucionaba con un cordón sobre mi estómago desnudo y ¡¡ta-chán...!! curado. A ella, ser de derechas de-toda-la-vida se lo transmitieron lo mismo que el arte del sortilegio contra el mal de panxa, un Viernes Santo. E igual como deshacía un enfit votará el 26M.

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