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El dilema del buen centrista

El Centro Democrático y Social de Adolfo Suárez tenía dos almas, la socialdemócrata y la liberal. Nada extraño, eso parece que les ocurre a muchos partidos que reclaman para sí ese espació político. El CDS, nacido de la voladura de la UCD, acogió en su seno a gente tan dispar como Rafael Calvo o Arias Salgado, por el flanco más diestro, y Fernando Castedo o Raúl Morodo, por el ala siniestra.

El partido suarista se integró en 1988 en la Internacional Liberal y pidió el cambio de denominación por el de Internacional Liberal y Progresista, las famosas dos almas. No obstante, en 1989 -el año de la exposición «Castelló, centre de futur»-, el CDS no aguantó más aquella equidistancia bipolar, que lo mantenía a la misma distancia del PSOE que del PP, y lo había encumbrado hasta el papel de bisagra, y pactó con el partido de Manuel Fraga. Rodríguez Sahagún, el escudero fiel de don Adolfo, arrebató la alcaldía de Madrid a los socialistas mediante una moción de censura presentada con la derecha más castiza. Entonces, un escalofrío recorrió el espinazo de todos los alcaldes progresistas de España que se mantenían en el puesto gracias a los acuerdos de coalición con los centristas.

En la provincia el CDS mostraba también el doble rostro de Jano, el dios bifronte; de un lado quedaban Carlos Laguna o Pedro Gozalbo, del otro, Alejandro Font de Mora o Rafael Calvo. Y en medio de aquel medio y mitad, Hipólito Beltrán, el socio de gobierno del alcalde Daniel Gozalbo y responsable del urbanismo. Se cuenta que el centrista, tras haber sellado el pacto de gobierno, el mismo día de la toma de posesión, recibió la visita temprana del candidato popular José Luis Gimeno y del presidente del partido Carlos Fabra. La suma de Alianza Popular (todavía AP) y el CDS superaba por uno al número de ediles del PSOE y UPV-EU.

La oferta era muy tentadora: si rompía su acuerdo con la izquierda, Hipólito Beltrán sería proclamado alcalde de Castelló. Desconcertado, aquel ingeniero de la refinería mantuvo su palabra. Tal vez, por un instante, recordó el proverbio de Machado que había pronunciado Adolfo Suárez en su nombramiento: «Está el hoy abierto al mañana, mañana al infinito./ Hombres de España: ni el pasado ha muerto,/ ni está el mañana ni el ayer escritos». Y así, el futuro, al menos el Castelló del futur, duró cuatro años más.

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