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Opinión | Las cuarenta

Hibris

Tanto el bando propietario del CD Castellón como el sector aspirante, José Miguel Garrido y Vicente Montesinos mayormente, aseguran que la operación de compraventa se puede cerrar en cuestión de horas. El precio, aunque solo sea por una vez, es público: 2,3 millones; los detalles también siguen frescos en el imaginario colectivo ­ - salvo si uno no quiere ver más allá de twittter-, así que el nuevo dueño tendrá que asumir las leoninas condiciones que favorecen a David Cruz por la anterior transacción, seguir de soslayo ante las demandas en las que sigue sin allanarse el club y preparar una cantidad ingente de dinero para salvar la multitud de impagos heredados.

Montesinos es bien consciente, y sus socios también. No les mueve el ansia de negocio que jalonaba todas las decisiones de Garrido, y eso hay que ponerlo en valor. Ellos representan la sinrazón del albinegrismo, más rayana con lo temerario que con lo racional, por mucho que la Fundación siga siendo un refugio para aprovechados. Pero Montesinos ha conseguido desde el final de temporada la unanimidad que le hurtaba ese papel de edecán que tan bien interpretó durante un tiempo, todo hay que decirlo.

Garrido se sabe poco querido y ya habla en pasado del Castellón. Sembró vientos con Guerrero y recoge la tempestad de un fracaso deportivo que se traduce en la falta de agradecimiento por su apuesta inversora, pero sobre todo se marcha con dolorosas y duras críticas de sus compañeros de palco por muy sabido y aceptado que estuviera el reparto de funciones y por muy contundente que sea el aserto de que quien paga, manda. Pero aún no se ha ido. Falta que Capital Albinegro asuma la operación en solitario, porque el intento de buscar otros aliados no ha cuajado.

Todo queda fiado al albinegrismo y al orgullo de Montesinos, de Ángel Dealbert y Pablo Hernández. Lo primero no lo tienen que demostrar, lo segundo es la fibra que ha sabido tocar Garrido, porque si después de todo el ruido no ponen el dinero le habrán regalado la mejor campaña para una dictadura incontestable -amén del desprestigio personal de los autores de la fallida-, y si se va lo hará con los bolsillos llenos. Garrido gana sí o sí.

Y el Castellón también. Aunque todavía no se ha entrado en el despacho del notario y no faltan voces que les cuestionan la falta de tiempo para pergeñar una plantilla competitiva y hasta una dramática reducción presupuestaria. Es el vaivén emocional en que vive instalado este club desde que nació, y no iba a ser ahora la excepción. Es el club que han comprado, y lo saben.

A fin de cuentas, el éxito de la operación lo es también de nuestra idiosincrasia, de la ilusión frente a quienes, por mucho dinero que pusieron, solo entendieron nuestro sentimiento como alimento de la caja registradora. Frente al cruel capital, pasión infinita; frente a los convencionalismos, transgresión. Y ahí Montesinos nos tiene enganchados.

En ese desconocimiento de los límites se basa el fútbol como expresión tribal que supera el orden establecido en todo deporte. No sólo ganan los mejores, a veces podemos ganar nosotros. Sólo es cuestión de fe, y nadie nos puede privar de ello. Si encima Montesinos corrigiera sus desmesuras y aceptara que se equivocó al iniciar una guerra perdida de antemano contra el ayuntamiento, la apuesta ya sería perfecta. Tanto que nos permitiría soñar más allá del papel que nos quieren adjudicar. Si Montesinos sabe liderar esa hibris merecerá el puesto en la historia que busca. Sólo entonces le habrá valido la pena.

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