25 de junio de 2010
25.06.2010

Elogio de la soledad

19.06.2010 | 07:30

Fernando Franco

Isabelle Huppert encarna a una mujer que decide marcharse sin mirar atrás. Acabar con el presente y buscar en la incertidumbre del futuro nuevos incentivos para vivir. Una aspiración universal que muchas veces se escucha, pero pocos lo piensan en serio. Impresiona la determinación con que la protagonista se desprende de todo, y nos recuerda a Albert Cossery, admirado por Camus y Miller, No poseo nada, soy libre. En Villa Amalia, Benoît Jacquot deja de lado los argumentos y permite que las sensaciones ocupen su lugar llegando plenamente al espectador. Sólo la Huppert podría encarnar a un personaje tan complejo. La gestualidad es mínima y el tiempo transcurre con minuciosa precisión, casi con musicalidad. Bruno Coulais compone la banda sonora (también lo hizo en los Chicos del coro). Apenas perceptibles en la mirada de Ann, aparecen sus razones, el dolor contenido, la búsqueda de la esperanza, viajar sin destino como evasión, esperando encontrar la soledad. El refugio, el único lugar seguro para los olvidados por el amor. En un momento, aparecerá Villa Amalia, una casa olvidada en una isla frente al Vesubio, el volcán solo dormido. Un lugar tan retirado que permite parafrasear libremente a Cortázar en sus sentidos versos de La cruz del Sur comprender que el mar es más que un mar y la esperanza se viste de distancia. Villa Amalia es un enternecedor homenaje a todos los que decepcionados por un amante de paso que no supo entender su entrega deciden seguir buscando, conscientes de que su orfandad no será eterna. Un elogio a la soledad y a la independencia.

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