14 de enero de 2006
14.01.2006

La incertidumbre, la única certeza

Inauguración de la exposición «El placer y la sombra»

14.01.2006 | 02:10

El Club Diario Levante expone los dibujos que Oriol Vilapuig creó durante su estancia en Albarracín

María Tomás, Valencia
Cuando la incertidumbre es la única certeza, la vida se convierte en el sueño de una sombra matizada, en una búsqueda del placer con que llenar el tiempo de la existencia.
Al pintor que escudriña en el enigma desde una Arcadia tan agreste como tranquila, sólo le queda comer, beber y dibujar. Pasear, leer y dibujar. Observar, dejar de mirar y dibujar. Una nube que pasa. O su propio reflejo de esos otros yos más francos si se es valiente, depurados por el viaje en el espejo de un tiempo dilatado y un horizonte a cielo abierto que se deja mirar (sin ser visto) desde la casa madre «húmeda y cálida», la Julianeta célebre que guiña un ojo al paseante en la pequeña ciudad turolense de Albarracín.
Dibujar y pensar, aunque sea como autoimposición lúdica y sobre el mismo mantel del bar del pueblo manchado de un menú que, enmarcado y ahora colgado en la vertical del Club Diario Levante, conserva la huella de la sopa de letras de un martes cualquiera. Sin despreciar que de postre, el bar ofrece sonetos de amor con firma de un gran cocinero de palabras llamado Shakespeare, de los que dejan sabor a jengibre y lichi.
En la cornisa de los riscos
Y el miércoles, vuelta a lo mismo, sin otra acción que la de hacer, sin por qué, pero al menos hacer lo que a uno le otorga la certeza de seguir vivo. En el caso de Oriol Vilapuig: dibujar. Y si es tumbado en la cornisa de un risco con vistas al vacío, mejor. Dice un cuervo tuerto que desde allí se puede avistar la existencia en su enormidad, perpleja de su incertidumbre, a la misma altura del vértigo del que no sabe volar pero es capaz de vislumbrar que en la contradicción se encuentra la crisis, la escisión de uno mismo, el cambio y la creación.
Oriol Vilapuig (Sabadell, 1964) lo constata con sus ojos, que ya es, haciendo de su mirada en el espejo julianesco una obra de arte con la que seguir reflexionando sobre lo mismo de siempre. Ya lo pintaba (y el el Club lo exponía en el 99), cuando la Arcadia era bulliciosa y el desenfreno del dios Pan le llenaba los lienzos del amor bárbaro del carnaval.
Oriol habla del mismo amor, la misma crisis, el mismo estado de agitación y escisión. Sólo es un hombre y eso es lo que representa. Pero ahora es otro el momento. Ha dado un paso al vacío del mantel manchado, ha comprado un billete de ida al universo de lo abstracto podando lo frondoso de un bosque que no le dejaba ver otros horizontes interiores. Quizá influido por una naturaleza nada complaciente por la que ya paseaban y pintaban otros, compañeros de viaje que dejaron su huella dos mil años antes en las piedras rodenas que conservan a duras penas el arte rupestre levantino. Quizá se ha inspirado en una sabiduría popular capaz de poner en jaque a la gravedad en la construcción de la misma casa que le ha dado cobijo en Albarracín. Una ciudad que le ha dado naturaleza y cultura popular; tiempo y espacio; estancia para crear, comer, beber y dibujar; la posibilidad de posicionarse ante la nada, de despojarse de lo superfluo y dar salida a las reflexiones esenciales que lleva dentro. Aunque se sorprenda de lo que encuentra.
De Teruel a Valencia
Oriol Vilapuig ha sido el primer creador alojado en la Residencia Taller, Casa de la Julianeta, dentro del programa Estancias Creativas que promueve la Fundación Santa María de Albarracín. Un proyecto que propicia para los creadores justamente lo que significa el proyecto: una estancia para crear durante dos meses en la Julianeta. De nuevo, en un viaje de ida y vuelta con una conexión directa entre Teruel y Valencia a través del Club Diario Levante.
El gerente de la fundación, Antonio Jiménez lo explicaba. Albarracín es uno de los pueblos mejor recuperados de España, razón por la que los turistas lo visitan. La Fundación Santa María quiere dinamizar ese patrimonio habitando su interior con creadores de todas las disciplinas que hagan de Albarracín un escenario con fundamento. Y qué mejor contenido que el cultural para dar un aliento de vida a las piedras. Como el rodeno que conserva el arte rupestre.

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