Miguel Galíndez: "Confiaba tanto en mí que le llevaba el dinero"
El chófer de Sarasola, ahora profesor de la Politécnica, rememora su etapa en la empresa
Mónica Arribas, Sagunt
El Ayuntamiento de Sagunt ha dedicado una avenida al ingeniero de minas Andoni Sarasola, uno de los directores de Sierra Menera que impulsó el nacimiento del núcleo urbano del Port de Sagunt.
Este profesional vasco fue, para algunos especialistas, el que disparó las ganancias de la compañía. Su enorme visión comercial le llevó a emprender iniciativas que llenaron las arcas de Menera. La mayor prueba es que empezó a vender al extranjero las miles de toneladas de mineral en polvo que se amontonaban junto a las minas de Ojos Negros y sólo servían como lugar de distracción para los más pequeños. Aquel material desechado obtuvo mercado en Bélgica, Holanda y Alemania.
Además de su avidez para los negocios, Sarasola también se caracterizó por su preocupación por mejorar la calidad de vida de los trabajadores de Menera y, aunque con la mayoría mantenía las distancias, trató de manera especial al joven que con sólo 18 años se convirtió en su chófer, Miguel Galíndez.
"Era muy listo y me cogió cariño"
El propio Galíndez, que actualmente es profesor de Topografía de la Universidad Politécnica de Valencia, recordaba de forma entrañable aquellos años: "Al principio, me ponía a prueba hablándome bajito y despacio para comprobar si yo oía bien. Era muy listo y a mí me cogió un cariño especial. Incluso estuvo a punto de facilitarme un piso de la empresa en Bilbao. Confiaba tanto en mí que yo era el que llevaba el dinero cuando íbamos a los sitios. Además, yo le llevaba a él y a su familia desde Ojos Negros a Bilbao o a Madrid".
Galíndez rememora con estupor el día en que estuvo a punto de perder su empleo cuando se negó en rotundo a trabajar con gorra, como le pidió Sarasola. "Cuando me dijo aquello, le dije que no. Encima, cogí enseguida el tren para irme a la mina y le dejé tirado en Bilbao. Lógicamente, se enfadó y me pudo despedir, pero al final me quedé en la plantilla de la mina, donde estaba trabajando mi padre".
Si no llega a ser por el episodio de la gorra, Galíndez admite que "lo más seguro" es que se hubiera quedado trabajando en Bilbao. Y eso, como él explica, "hubiera sido peor" porque la fábrica cerró unos meses después. Por eso, confiesa que aún da "las gracias" por lo ocurrido, pese a que aquello le valió una buena reprimenda paterna.
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