18 de octubre de 2009
18.10.2009
Historia

Don Tancredo, el "rey del valor"

18.10.2009 | 04:03
Cogida de Don Tancredo en la madrileña plaza de toros de Carabanchel en una diapositiva de principios del siglo pasado.

"Hacer el don Tancredo" es una crítica habitual que se lanzan los políticos. Pero, ¿quién era tan ilustre personaje que ha pasado a la historia como metáfora del inmovilismo? Retrocedamos en el tiempo 110 años y paremos el reloj el 27 de septiembre de 1899 en el albero de Valencia, donde comenzó la leyenda del "rey del valor"

"Lo que no pue sé, no pue sé y ademá es imposible". Esta frase con la que ha pasado a la posteridad el celebre diestro cordobés Rafael Guerra, "Guerrita", debió pasarle por la mente la noche en que se apostó 1.000 pesetas con don Tancredo a que no era capaz de hacer lo que decía: subirse a un pedestal en medio de la plaza y quedarse clavado como una estatua mirando a la puerta de toriles, a la espera de la arremetida del astado.
Aunque el desafiado no aceptó el envite, el segundo Califa del Toreo "se quedó tan sorprendido, a la tarde siguiente, de la serenidad de don Tancredo, que hizó a éste un cuantioso regalo". La escena la narra el diario "La Vanguardia" del 7 de enero de 1901 en una entrevista a tan inverosímil personaje que para entonces, tras más de 27 exhibiciones por las mejores plazas de España y Francia, ya era conocido como el "hipnotizador de toros".
La leyenda de don Tancredo como símbolo de la valentía surgió el miércoles 27 de septiembre de 1899 en la plaza de toros de Valencia, cuando hizo por primera vez la estatua ante un toro de la ganadería de Flores. Una osadía que le catapultó a los mejores carteles taurinos y le llevó a cerrar el siglo XIX en el ruedo de Madrid el 30 de diciembre de 1900.
Antes de ser bautizado como "rey del valor" por la prensa decimonónica, Tancredo López Martín, "que había nacido en Valencia en 1862, no era más que un pobre zapatero remendón que soñaba con ser torero", cuenta el erudito José Soler Carnicer, quien retrata a los personajes más populares de la ciudad del Turia en su obra "Valencia pintoresca y tradicional".

De La Habana al éxito
Bajo el apodo de Salerín no pasó de ser un novillero sin fortuna en las ferias de 1886, por lo que se marchó a Cuba en busca de mejor suerte. Allí, fue donde vio por primera vez hacer el poste. El impasible era el diestro mejicano Antonio González, el "Orizabeño". A pesar de que un toro dejó tieso de una cornada al maestro azteca sobre el albero de La Habana, tras el Desastre del 98, Salerín volvió de Ultramar convencido de que el éxito estaba en la inmovilidad.
Vestido de blanco de la cabeza a los pies, con la cara totalmente empolvada, se "petrificaba" sobre un pedestal de madera de 60 centímetros en el centro del ruedo. Aunque le llamaban el "sugestionador de cornúpetos", él mismo explicaba que su "secreto" era el haber observado que los morlacos que no han sido toreados "no llegan nunca a arremeter contra los objetos inmóviles".
Efectivamente, el animal se frenaba en seco ante la "estatua", que para evitar que el espectáculo finiquitase ahí, "en cuanto el toro se daba la vuelta, golpeaba el taburete con el talón para llamar su atención", relata Soler Carnicer.
Hoy, 110 años después de que aquel zapatero valiente marcara toda una época, de aquella gallardía ya no queda nada. Así, "hacer el don Tancredo" se ha convertido en una puya más que se lanzan los políticos cuando acusan al rival de no querer coger el toro por los cuernos.
El "hipnotizador" de toros se jugaba la vida por 500 pesetas
"Con la inmovilidad puedo ganar dinero y cornadas, que es a lo que van los que se dedican a la lidia. ¿Por qué no he de hacer yo lo que ellos?", se defendía don Tancredo ante los ataques de quienes le acusaban de atentar contra el "arte de Cúchares". Cogidas tuvo, y varias, como la que recoge la diapositiva del Archivo Ragel que acompaña este reportaje, o como la grave cornada del 23 de junio de 1901 que sufrió en Madrid cuando no le dio gato por liebre a un astado de Anastasio Martín. Tras ella, el Gobernador civil prohibió este tipo de espectáculos en la capital durante dos años. Motivos tenía el "hipnotizador" para jugarse el tipo. Uno de los muchos imitadores que tuvo, un picador llamado "Aventurero", cobró 500 pesetas por hacer de don Tancredo en el ruedo de Bilbao en febrero de 1901. Todo un capital para una época en la que un obrero ganaba 4 pesetas al día. Sin embargo, la fama y el dinero, como vinieron se fueron ya que el auténtico don Tancredo murió en la "mayor miseria" el 29 de septiembre de 1923 en el Hospital Provincial de Valencia.

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