28 de noviembre de 2011
28.11.2011
Excluidos del Vaticano

Visita al destierro eterno de los Borja

Dominaron Roma y la cristiandad, y dejaron una huella imborrable en la Santa Sede. Pero la leyenda negra ha condenado a los papas Borja al destierro eterno. Sacados del Vaticano en el siglo XVII, sus restos mortales duermen olvidados en una humilde iglesia romana.

26.09.2011 | 13:11
Mausoleo con los restos de los papas Borja, en la Iglesia de Santa María de Montserrat de Roma.

¿Dónde hay más fe, en Roma o en Jerusalén? Sin duda en Roma, reza un malicioso dicho, porque allí se la dejan muchos católicos al descubrir con tristeza la fastuosidad y los lujos que rodean al Vaticano. Sin embargo, entre el marasmo de riquezas y exuberancias de la basílica de San Pedro, donde están enterrados 148 de los 263 pontífices muertos, no hay sitio para los papas Borja. Los restos de Calixto III y Alejandro VI -estigmatizados por una leyenda negra que han exacerbado novelas, películas, series televisivas y hasta videojuegos, y que los ha condenado al olvido oficial de la jerarquía vaticana- cumplen cuatro siglos de silencioso y discreto destierro en su humilde mausoleo escondido en la iglesia romana de Santa Maria de Montserrat.

Entrar en este sacro lugar que escapa a las guías y al conocimiento general de los romanos de la mano del rettore del templo, Mariano Sanz, ayuda a conocer a fondo la rocambolesca historia por la que han atravesado los restos de ambos pontífices. A su muerte, Alfonso y Rodrigo de Borja fueron sepultados en el Vaticano. Calixto III -el tío- gozó de un elegante mausoleo del que aún quedan restos en la cripta vaticana, mientras que Alejandro VI -el sobrino- tuvo que conformarse con un enterramiento provisional y nunca gozó del monumento que el papa Pablo III quería erigirle. No obstante, los restos mortales de los dos setabenses más universales iniciaron un doloroso vía crucis con las obras de demolición de la antigua basílica y la construcción de la actual San Pedro.

Según indica la documentación recopilada en la iglesia romana de Santa María de Montserrat, "en 1586, al tener que ser destruida la capilla donde reposaban [los restos de ambos papas] por la maquinaria empleada para trasladar el obelisco a la plaza de San Pedro desde el lado Este de la basílica, sus restos fueron exhumados y sepultados en otro lugar de la misma basílica. De ahí, en 1605, gracias al cuidado del curial valenciano Juan Bautista Vives, fueron colocados en una sola tumba junto a la capilla del coro de Sixto IV. Pero al ser demolida ésta, obtuvo Vives del papa Pablo V en 1610 el permiso para trasladar a su costa los despojos de los dos papas valencianos a Santa María de Montserrat, iglesia de la Corona de Aragón en Roma".

Obviando el destino metafísico de sus pecadoras almas, lo cierto es que los restos mortales de ambas santidades iniciaron un periplo infernal impropio de la dignidad pontificia e incluso del más básico sentido de la humanidad. "A la espera de poder construirles una digna sepultura -explica la documentación de Santa María de Montserrat-, los huesos fueron colocados en una pequeña caja de plomo introducida, a su vez, en otra de madera con la inscripción: 'Los Güesos de dos Papas están en esta casseta y son Calisto y Alejandro VI y eran españoles'. Esta caja estuvo sucesivamente en la sacristía, tras el altar mayor y durante algún tiempo en el despacho del rector". Es evidente que a los Borja no se los quería mucho en Roma.

Casi trescientos años hubieron de transcurrir para que, en 1889, el escultor español Felipe Moratilla reprendiera la obra suspendida ocho años antes "por falta de recursos económicos" y concluyera, por fin, el monumento funerario dedicado a los pontífices españoles desterrados del Vaticano. El 21 de agosto de aquel 1889 se procedió al reconocimiento, traslado y deposición de los huesos papales en el nuevo mausoleo, ubicado en suelo romano, no vaticano. El acto contó con la presencia de un delegado del cardenal vicario del papa León XIII, del entonces rector de la iglesia, José Benavides, y del capellán Juan Manuel Perea.

Una tumba olvidada
Cuando se cumplen cuatro siglos de la llegada de los papas a Santa María de Montserrat, estar frente al túmulo funerario de los Borja agrava la sensación de olvido, destierro y soledad preconcebida antes de la visita. Ahí, en la primera capilla de la derecha de la iglesia, reposan los Borja. Ni siquiera presiden la pequeña capilla, sino que descansan en la pared derecha de la misma con vecinos como el escultor catalán Antonio Solá, el noble Francisco de Paula Mora (hijo de los marqueses de Lugros) o un tal Bernardino Rocci, cardenal. En el mausoleo papal destacan dos discos donde aparecen esculpidos en relieve los bustos de Calixto III y Alejandro VI. Debajo de sus relieves (con rasgos de escasa fidelidad histórica) figuran sus nombres y escudos. Arriba, una única almohada y una tiara papal -en vez de dos, ¡qué menos!- rematan la blanca tumba.
La iglesia sólo abre en horario de misa (dos oficios al día, ambos en español). Si fuera de ese corto espacio de tiempo alguien desea ver el mausoleo de los papas valencianos, ha de solicitarlo en la recepción situada en la parte posterior del templo (Via Giulia, 151) y que el rettore en persona lo apruebe para que abran expresamente la iglesia. Bien lo sabe Franco, conserje del templo desde hace 27 años, que recalca el motivo principal de las visitas a las esporádicas tumbas borgianas: "¿Curiosidad? No, más que curiosidad despiertan morbosità", responde Franco con una media sonrisa.

¿Es el lugar más adecuado?
¿Es éste el lugar más adecuado para el descanso eterno de Calixto III y Alejandro VI, los papas que afrontaron la caída de Constantinopla en poder de los otomanos y el descubrimiento de América? El rector de Santa Maria de Montserrat -la Iglesia Nacional de España en Roma- no lo duda. "Mejor que nosotros -afirma Mariano Sanz- nadie va a cuidar su memoria. Porque eso de que Santa María de Montserrat es el destierro de los papas españoles es una frase periodística, pero nada más. Yo creo que no es así. Muchos papas están enterrados fuera del Vaticano, como Pío II, Inocencio III, León XIII...", enumera el sacerdote.

¿Y la posibilidad de que los papas regresen a su Xàtiva natal, como ha planteado en un par de ocasiones el alcalde de la ciudad, Alfonso Rus, o a la catedral de Valencia? "No digo que ése no sea un buen sitio -responde Sanz con diplomacia vaticana-, pero un papa es obispo de Roma. ¿Y dónde está el obispo? Pues en su ciudad. Igual que Juan Pablo II, a quien los polacos adoran y hubieran querido tener en su país, ha sido enterrado en el Vaticano. O como don Agustín García-Gasco, que ha querido enterrarse en su última sede a pesar de no haber nacido en Valencia. Lo normal es eso: que a un obispo lo entierren en su sede. Y su sede es -recalca el rettore- su última sede".

La leyenda negra
Que estén en su última sede, sí, pero dentro del Vaticano. Eso es lo que opina, sentada en la vecina Piazza Farnese, Donatella, romana y gran conocedora de la saga de los Borja. "Como papas -subraya- fueron personajes de una gran talla. Y la vida privada era eso, privada. Todo el mundo sabe dónde está enterrado Josemaría Escrivá de Balaguer en Roma y, en cambio, los Borgia, no. Si uno no sabe que están en esa iglesia, no se enterará ni los verá nunca. Es curioso que ahora Alejandro VI esté enterrado a muy pocos metros de la hospedería que regentaba Vanozza, la mujer a la que más quiso el papa y que le dio a César y a Lucrecia Borja [además de a Juan de Borja y Jofré]. Pero en mi opinión, sus restos deberían estar en el Vaticano. Arriba [en la basílica de san Pedro] o en la cripta".

Pero para que sus restos pudieran entrar en el Vaticano, los Borja deberían derribar algo más infranqueable que la colorida guardia suiza que custodia San Pedro. Tendrían que acabar con la negra memoria que de ellos pervive en la Ciudad Eterna. Para regresar al Vaticano, algo del todo improbable, los pontífices de Xàtiva deberían superar, por ejemplo, las sonrisitas que, como la del conserje Marco, esbozan las empleadas de la librería oficial de San Pedro y de la tienda de los Museos Vaticanos (y de algún sacerdote que aguarda en la cola) cuando, sorprendentemente, responden que no tienen "nada", ni libros ni souvenirs, de los papas más mediáticos del pasado.

También tendrían que acallar antes las risas de turistas que se oyen en el Apartamento Borgia, de los Museos Vaticanos, cuando los guías se recrean en los aspectos más sensacionalistas del linaje borgiano en unas estancias vaciadas de memoria y cuyos azulejos blanquiazules remiten inevitablemente a la Valencia más próspera del siglo XV, capaz de exportar a dos papas, el Tirant lo Blanch o el comercio marítimo más dinámico del Mediterráneo.

En las novedades de las librerías
Sobre los Borja, pues, en el Vaticano impera un ensordecedor silencio oficial con regusto a omertà. Mientras, la ruidosa Roma ofrece la visión más apocalíptica de la saga familiar. En la mesa de novedades de la Feltrinelli (una especie de Fnac italiana), se promociona este mes de septiembre el libro I Borgia. Storia e segretti (Los Borja. Historia y secretos), de Marcello Vannucci, donde se describe a los papas valencianos como "personajes fascinantes y sin escrúpulos, siempre envueltos en engaños, abusos, traiciones, 'spezzanti' del peligro y hábiles manipuladores". Muy cerca de este ensayo apocalíptico (y a pocos estantes del panfleto de Mario Puzo que retrata a los Borja como "la primera familia del crimen"), la antología Duemila anni di papi, escrito por Roberto Monge, dice de Alejandro VI que "dejó mucho que desear en el terreno espiritual y aparece como ambicioso, arrogante, corrupto, falto de escrúpulos y moral e indecente".

Con esta visión catastrofista y reduccionista del legado borgiano, no extraña la reacción de la argentina Sara María Álvarez delante del baldaquino de San Pedro: "Conque los Borgia están enterrados en la Iglesia Nacional de España en Roma... ¿Allí los quieren? Pues para ellos, porque fueron los peores papas de la historia. ¡Que Dios los perdone!".

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