11 de enero de 2012
11.01.2012

Despilfarran los otros

Xavier Domènech

11.01.2012 | 06:30

Despilfarrar es un pecado que mayormente cometen los demás. Nosotros (el ´nosotros´ de cada uno) no despilfarramos, sino que invertimos a largo plazo. He aquí una dificultad para las políticas de ahorro que pretenden sacrificar lo innecesario para salvar lo sustancial. ¿Qué es lo innecesario? La respuesta es obvia: son innecesarios la mayoría de gastos que realiza el vecino, pero muy pocos de los nuestros.
En España hay 52 aeropuertos comerciales. Más que en toda Alemania, pero con bastante menos población que atender y con mucho menos PIB para dar viabilidad a los planes de negocio. Las consecuencias son de sobra conocidas: la mayoría de ellos resultan deficitarios. Y cargan sobre los erarios públicos. Una política de racionalización del gasto debería llevar aparejado el cierre de aquellos que combinan las características de mínima utilización y nulas perspectivas de crecimiento. Pero en cuanto el ministerio diera la lista ordenada, se organizaría una verdadera revuelta en los territorios de aquellos que la encabezaran. Ayuntamientos, diputaciones, cámaras de comercio, organizaciones empresariales, sindicatos, consorcios de promoción turística, medios de comunicación, todos saltarían al unísono sobre la yugular del ministro. Forzarían el apoyo del gobierno autonómico, pondrían en un brete a los diputados provinciales de la mayoría y darían ocasión de lucimiento a los de la minoría. Y todos los argumentos se resumirían en uno: sin aeropuerto, nuestra provincia no saldrá nunca del subdesarrollo. Es una infraestructura necesaria para no perder el tren. El verdadero despilfarro es mantener territorios en el atraso, condenados al subsidio. ¿Les suena?
Nuestro aeropuerto es necesario. Nuestro AVE, nuestra ciudad deportiva, nuestro gran complejo cultural y artístico, nuestra universidad, son todos ellos necesarios. Despilfarro es lo que hacen los otros, que no lo necesitan. Cuando nuestras infraestructuras tienen pocos usuarios decimos que se emprendieron para incentivar la demanda de una actividad que consideramos necesaria, y que ya se animarán cuando pase la crisis. Cuando sucede lo mismo en otras partes, afirmamos que tiraron el dinero en un cemento que a nadie aprovecha, salvo a las constructoras. Vamos a oír mucho de lo uno y de lo otro si el nuevo gobierno se atreve a demoler pirámides. Quizás prefiera ahorrarse el trago; a lo hecho, pecho, y queja por la herencia recibida, pero sin concretar demasiado.

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