Monasterio
La nueva batalla del Puig
El Monasterio de Santa María se enfrenta al olvido institucional mientras los expertos destacan la importancia simbólica e histórica del monumento

Salón Gótico, con la colección de facsímiles.
Voro Contreras. El Puig
La Historia no está siendo justa con el Monasterio de Santa María del Puig. Cuando en 2005 la Generalitat firmó un convenio con la Orden de la Merced para tutelar y conservar durante 40 años el monumento, el entonces presidente Francisco Camps calificó el acuerdo de «histórico» y «acorde al significado del edificio para los valencianos».
Pasados siete años, un puñado de actos institucionales y algún concierto, la pasada semana los mercedarios anunciaban la firma de un convenio mucho menos «histórico» por el que el Consell se desvincula de la mayor parte del convento y sólo pagará, durante los próximos tres o cuatro años, el alquiler de los mil metros que ocupa el Museu de la Imprenta.
El Consell renuncia así a revitalizar un monumento en el que, tal como destaca el investigador local Julio Badenes, «cambió el rumbo de la historia valenciana». No sólo fue el lugar desde el que Jaume I dio el último paso para conquistar Valencia. «Allí estaba ya la imagen de Santa María que acompañó al Conqueridor y allí guardó las llaves de Valencia. La carga simbólica del Puig es enorme, es la bombonera de las esencias del valencianismo», destaca Badenes.
Pese a esta trascendencia histórica y simbólica, Santa María del Puig no ha logrado alcanzar el estatus patriótico y casi mítico que sí tienen, por ejemplo, Covadonga para los castellanos o Montserrat para los catalanes. Pero ojo, la desafección no es nueva. «Ya en el siglo XVI —recuerda Badenes— un autor comparaba el cuidado a la virgen y al templo de Montserrat de los catalanes con la injusticia de los valencianos hacia el Puig». Tampoco hace falta mirar al norte. Mateu Rodrigo Lizondo, profesor del departamento de Historia Medieval de la Universitat de València, considera inexplicable que en los últimos tiempos la Generalitat haya preferido centrarse en la recuperación de la Valldigna —«un monasterio grande, pero un monasterio más»— en detrimento del Puig «que aún conserva intacto su valor histórico y simbólico».
Rodrigo Lizondo también subraya otra fatal competencia para el monumento mercedario: la Mare de Déu dels Desemparats. En 1237 el ejército de Jaume I reconstruyó el castillo musulmán de la colina de la «cebolla» que los moros habían destruido ante el acoso de las huestes cristianas. Allí dejó un contingente que se enfrentó y venció a las tropas del rey Zayyan. Pero la moral de los soldados era baja y habrían abandonado la fortaleza de no ser porque en enero de 1238 Jaume se dirigió a ellos asegurando que Dios y la Virgen estaban de su lado, como demostraba el hallazgo de una figura de María escondida bajo una campana. Cuentan las crónicas que todos rompieron a llorar y afrontaron con ánimo recobrado la inmediata conquista de Valencia. El monarca agradeció la «intercesión» mariana nombrándola patrona del nuevo Reino y fijando en el Puig su santuario. «Pero en el siglo XV, la advocación de la Virgen de los Desamparados desplazó la devoción que se tenía a la Mare de Déu del Puig.
En l´Horta aún está vigente, pero los valencianos no deberían renunciar a su advocación dentro de su propia identidad».
Nuevos usos para mantenerse
Así, olvidada su trascendencia religiosa e histórica —«dudo que haya mucha gente, más allá de los muy concienciados, que tenga una idea clara de su importancia», señala el catedrático de Historia Medieval Antoni Furió— el enorme edificio de Santa María aguanta el paso de los siglos. El nuevo convenio con la Generalitat abre, a la fuerza, sus puertas a nuevos usos que ayuden a la Orden de la Merced (su propietaria desde el siglo XIII) a mantener su imagen imponente.
Los monjes mercedarios hablan ahora de un «paréntesis» para pensar «sin urgencias» en cómo aprovechar sus estancias «cediéndola en momentos puntuales para actos acordes a su importancia». Julio Badenes, por ejemplo, propone convertir el Puig en la sede permanente de la Llum de les Imatges. Y Mateu Rodrigo asegura por su parte que lo mejor que le puede esperar el monestir es «conservarse dignamente y alguna restauración». La batalla por su futuro acaba de empezar.
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