Hasta que Benetússer no externalizó el servicio de recaudación municipal, nadie supo qué ocurría realmente con el dinero procedente de los impuestos y tasas municipales. Llamaba la atención el elevado porcentaje de vecinos que no cumplían con sus obligaciones tributarias, pero la corporación siempre lo achacaba a la crisis.

A día de hoy se desconoce cuándo comenzó la supuesta actividad delictiva de Vicente Esteve, aunque el equipo de gobierno sospecha que "hace mucho, incluso décadas". Nunca se sabrá, puesto que el ayuntamiento sólo ha podido cotejar lo sucedido en los cuatro últimos años (a partir de ahí los tributos están ya prescritos y no hay obligatoriedad de guardar los recibos). Sólo en ese tiempo, el pufo suma más de medio millón.

La trama estaba bien urdida y era de difícil detección, dado que el sistema de recaudación no estaba informatizado pese a vivir en el siglo XXI y a disponer de una tecnología más que suficiente para hacerlo. Vicente Esteve cobraba personalmente las tasas e impuestos o se encargaba de su domiciliación. A cambio, entregaba una factura justificativa. Hasta ahí, todo normal.

Sin embargo, no lo era. Al parecer, manejaba a su antojo las domiciliaciones y supuestamente contabilizaba como impagos muchas de las entregas monetarias en mano. Como nadie podía comprobar si las cuentas que presentaba eran correctas (no había forma de hacerlo de manera sencilla al no existir registro informático), la recaudación local sólo se sustentaba en la confianza ciega del Ayuntamiento de Benetússer. Tanta fue que la corporación incluso le alargó la concesión para que pudiese llegar a la jubilación en el mismo puesto que había ocupado desde hacía décadas. Y así lo hizo.

En enero de 2011, ya con otra empresa en la tributación, saltó la liebre. La firma analizó la situación dejada por Vicente Esteve y comenzó a reclamar a los vecinos que constaban como morosos. La sorpresa llegó cuando muchos (muchísimos) ciudadanos aportaron el recibo que justificaba el pago de los impuestos que les exigían, lo que dejó la pifia al descubierto y obligó al pueblo entero a buscar factura tras factura para desentrañar quién había pagado, quién no, y cuánto se había llevado el recaudador.