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Día contra la violencia de género

"Sueño con su cara de odio diciendo que me matará; pero salí y soy feliz"

Casi una de cada cinco jóvenes con orden de protección es menor de 24 años y un 15 % del total nació en América

"Sueño con su cara de odio diciendo que me matará; pero salí y soy feliz"

"Sueño con su cara de odio diciendo que me matará; pero salí y soy feliz"

El pozo es negro y en su fondo se avistan agresiones físicas, torturas psicológicas, un intento de suicidio, el llanto de un niño de dos años que ve cómo su madre es agarrada del cuello por su padre, ese hombre que otras veces la arrastró del pelo por el suelo de casa, que la arrojó sobre el mesón de la cocina, que le tiró la taza de café por encima, que la empujaba o que estampaba su puño contra la pared o un mueble junto a su cara. El hombre que, poco a poco, la aisló socialmente, que le insultaba, la menospreciaba, se burlaba de su acento sudamericano, la humillaba, se negaba a tener relaciones con ella por ser «asquerosa». Que la amenazaba de muerte. Todo eso se vislumbra al fondo del pozo que empezó a trepar Diana hace un año.

No es mucho tiempo como para haber salido por completo. «Aún sueño con su cara de odio diciendo que me va a matar», explica. Se refiere al día en que su pareja la cogió del cuello y estuvo casi a punto de ahogarla. «Me eché al suelo haciéndome la inconsciente, como si estuviera muerta. Si no, ya no estaría aquí», asegura. Tumbada en tierra le oyó arrepentirse por lo hecho. El hombre creía que la había matado. Y se asustó. «Joder, la he cagado», exclamó él. Al poco, Diana se levantó, cogió a su hijo de dos años y dio un portazo. Adiós. Punto final. Mejor dicho, punto seguido, porque entonces empezó otro vía crucis. De su casa marchó al psiquiatra que la atendía, luego a los servicios sociales, después al hospital y, al día siguiente, a interponer denuncia en la comisaría. Un día más tarde tuvo el juicio rápido. Y todavía vendrían la investigación de diligencias previas, las peritaciones psiquiátricas, el ver su coche rayado con la palabra «Puta» en el capó, sufrir la difamación en las redes sociales?

Diana „nombre ficticio„ es de las víctimas que no sale en las noticias. No fue asesinada, sus heridas no fueron sangrientas. El juzgado ordinario que la atendió en la vista rápida ni siquiera le concedió una orden de protección a pesar del parte de lesiones „moraduras, nada de consideración„ que traía del hospital. Pero escucharla es asomarse al negro pozo de los maltratos.

Tiene más de 40 años, vive en un pueblo del Camp de Morvedre y llegó de Sudamérica hace una década. Al cabo de un tiempo empezó a salir con un hombre. No le importa reconocerlo: «El primer tiempo fue maravilloso: me conquistó de todas formas. Me engatusó y yo me enamoré». Incluso la convenció para tener un hijo. Y tras varios abortos quedó embarazada. Hasta la mitad del embarazo, el acoso era exclusivamente psicológico. «Culpaba a mi madre de todo. Mis amigas dejaron de visitarme en casa, porque eran mal recibidas y no les gustaba ver cómo me trataba. Me aisló por completo: del trabajo a casa y de casa al trabajo», apunta.

Tras nacer el niño, la situación se tornó insoportable. Diana se intentó suicidar. «Yo ya no era yo. No quería vivir más en mi situación. Nunca lo había pensado. Pero fue de un segundo a otro? y lo intenté? y me arrepiento un montón». Tras intentar quitarse la vida se empezó a medicar. Y entonces comenzaron los golpes. «Por nada, él explotaba. Golpeaba las cosas, las rompía. Y luego me empezó a pegar a mí». No se marchaba porque él le prohibía llevarse al niño. «Me decía que estaba loca, porque me trataban los psiquiatras. Que el niño no se podía venir conmigo».

Pero el día del cuello todo cambió. Ella se marchó con su hijo. Fin a cinco años de relación. «Ahí empezó a cambiar mi vida», dice. Nada ha sido fácil. Disponer de otro piso y de trabajo la ha ayudado. «Si una está sola es horrible, porque vuelves a ser víctima una y otra vez y a revivirlo todo tantas veces que no te deja avanzar». El miedo a ir por la calle fue dejándolo atrás, aunque sigue teniendo a mano el teléfono de emergencia de Cruz Roja. Ahora está a la espera del juicio penal. «Sólo quiero que se acabe para empezar a vivir. Si lo condenan, bien. Si no, por lo menos puse la denuncia».

Lo que más ansía es lograr la custodia de su hijo. Ahora es compartida. Una semana cada uno. Eso la hace «sufrir». Ella ha dado la vuelta a la tortilla. Ahora está en la asociación Amigas Supervivientes de Sagunt. Ayuda a otras maltratadas. «Soy capaz de escuchar a otra persona y darle mi apoyo. Que te escuchen, que te den un abrazo, que te acompañen en los trámites, que te dejen llorar? Yo salí de aquello. Antes sonreía para ocultar mi realidad. Ahora „suspira„ sonrío porque soy feliz».

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