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Entrevista | Enrique Arnanz

"Hay que poder "deselegir" con un referendo al cargo que incumpla"

Advierte contra «la utilización de la democracia como coartada para llegar al poder» y luego engañar al electorado

"Hay que poder "deselegir" con un referendo al cargo que incumpla"

"Hay que poder "deselegir" con un referendo al cargo que incumpla"

Paro, pobreza, desigualdad, corrupción, descrédito político? Hablan de una «sociedad enferma». ¿El bálsamo de fierabrás para curarla es más democracia?

No sólo es el bálsamo, sino la medicina. Hay una relación causa-efecto entre debilidad de democracia y crecimiento de la desigualdad. No existe democracia auténtica sin igualdad de oportunidades para todos. Y esto no puede darse sin poner a la persona en el centro de las decisiones políticas, económicas y sociales.

Si democracia y desigualdad no son compatibles, no existe ninguna democracia en el mundo.

Posiblemente no existe ninguna democracia en el mundo y, posiblemente, en la propia naturaleza del ser humano está el error, la ambición? Pero no hablamos de un mundo feliz o ideal, sino de ser cada vez más dueños de nuestro propio destino y poner en el centro de nuestros intereses el valor de lo común. ¡Es que vivimos en una cultura muy estúpida que nos hace cada vez más voraces los unos contra los otros!

¿Y esa voracidad dónde se ve?

Dos ejemplos: mientras una pequeña parte de la humanidad se preocupa por no engordar, otra inmensa parte de la humanidad se preocupa por no morir de hambre; y las 80 personas más ricas del mundo tienen tanto capital como 3.500 millones de personas. Hay comida y dinero: el problema es cómo se reparte. Y eso es un signo visible de esta cultura estúpida que nos ha hecho identificar calidad de vida con cantidad de consumo, o crecimiento económico con desarrollo de la comunidad. Esas identificaciones son peligrosas.

Proponen que se generalicen los referéndums.

Sí, el modelo es el suizo. Hay que reforzar la democracia representativa con formas de democracia directa con mucha más frecuencia.

Por ejemplo con leyes como la prisión permanente revisable.

Podía haber sido el caso, aunque estemos en contra de esa medida, que quita al condenado su última oportunidad de cambiar. Hacen falta referendos a nivel nacional, autonómico, local e incluso de barrios.

Proponen también mecanismos de «deselección» cuando un cargo electo incumple, contradice o no desarrolla lo prometido.

Aunque sea complicado, ése es el espíritu de nuestro modelo. No puede ser que un político nos diga que va a hacer una cosa y luego se la pase por el forro y haga todo lo contrario. ¡Eso es vender humo!

¿A Rajoy lo «deselegiríamos»?

Por lo menos sería un serio candidato para pensarlo. Si nosotros ganamos las elecciones prometiendo a la comunidad que vamos a luchar en una dirección y luego resulta que no sólo luchamos en esa dirección, sino que caminamos en dirección opuesta, estamos utilizando la democracia como coartada para llegar al poder y estamos instrumentalizando el voto de la gente para mantener una posición de poder que no merecemos. Los mecanismos de «deselección» serían importantes formas de la democracia para revocar a quien engañe.

¿Pero eso lo han visto en alguna parte o es pura teoría?

De manera débil, sí, aunque en España no exista. Pero hay que introducirlo. Aunque sea como mecanismo excepcional, porque la gestión de la vida pública es muy complicada, pero ha de ser efectivo. Ha de impedirse la instrumentalización de la soberanía de la gente en función del beneficio del gobernante. Y se debe poder castigar mediante un referéndum popular que quite del poder a esa persona.

Alertan del peligro de caer en el desencanto o la indignación pasiva. Tras el florecimiento de los nuevos partidos y movimientos, ¿estamos ante el último cartucho?

Estamos ante una repolitización de muchos ciudadanos, que han llegado por edad, por desencanto, por indignación? Ha caducado un modelo de democracia formal y nos encontramos en un proceso de crecimiento de la sociedad. Sabemos lo que no queremos, aunque tal vez no sepamos todavía lo que deseamos. Ahora bien: no podemos dignificar la política y construir la nueva sociedad si cada uno no se implica en su contexto con mejores formas democráticas: en la familia, en el trabajo, en su día a día. Porque la democracia también tiene que ver con la vida cotidiana.

Con todo respeto, le oigo e imagino las carcajadas del poder económico sobre estas reflexiones.

Reconozco que somos un poco trovadores. Pero reivindico nuestra libertad para soñar en un mundo diferente. Unos insisten en que los problemas están en los salarios, la competitividad y el coste de la protección social, mientras que otros vemos el problema en los beneficios del capital. Es un pulso permanente.

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