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Abriendo foco

La semántica del fuego

Ayer se plantó el remate de la falla política valenciana. Las candidaturas del PPCV indican los presagios de Rajoy.

La semántica del fuego

La semántica del fuego

Ya tenemos la falla. Han tardado tanto en confirmar desde la metrópoli la candidatura de Fabra a la presidencia que ya no era noticia cuando se ultimó el trámite. El Molt Honorable ha recibido el plácet como un participante de La Voz. Lo han cocido a incertidumbres y le han colocado unos contrafuertes de cartón piedra. Se prepara al equipo para la barahúnda del día después. Si los valencianos tuvieran que elegir la falla tipo „algo así como el 11 de la Liga„ pondrían a Alberto como ninot principal, que en sí mismo es un valor. El fuego provoca en esta tribu una suerte de compendio entre el temor y la fascinación. No es que seamos piromaníacos pero sí que nos cautiva su carácter profiláctico. No digamos si, además, entramos en el terreno de la semántica. No existe el antónimo de lo ignífugo en la RAE, lo que indica que todo se quema. Lo viejo como concepto „los socialistas quieren volver a quemar a Franco y al franquismo icónico una vez más, un eco añejo en precampaña„, lo presente e incluso el futuro.

Mascletà. Aquí ya lo quemamos todo cada mediodía bajo la vara de mando de Rita. Mucho se ha glosado la incomparable geografía humana que se da cita en el balcón del ayuntamiento. Amadeu Fabregat se quedó corto en su día y además el fallerío le reprochó eso de caricaturizar aquel cuadro costumbrista. Hoy le faltaría léxico. Allí se junta lo mejor de cada casa y confluye el poder político reinante, los entusiastas aspirantes, la reivindicación y su progenie y el pueblo llano que se manifiesta en un auténtico parlamento plebeyo.

Incendio. El fuego es en marzo nuestro argumento principal. El otro día asistí en primera persona al incendio de una conocida cafetería de Valencia situada en la senda de los elefantes de la ciudad. Durante los pocos minutos que los bomberos invirtieron en llegar, por lo frecuentado del lugar, se fueron concentrando varios centenares de personas. Pude contar más de cien smartphones enfocando a las llamas. En la antigüedad los espontáneos se hubiera lanzado a buscar baldes para mitigar el desastre. Hoy nos limitamos a mirar, hipnotizados por el fuego redentor. La imagen principal, para alguien sensible a los vericuetos de la comunicación, era esa pléyade de periodistas-ciudadanos -un oxímoron- tomando nota del siniestro, y no tanto el fuego en sí. Disfrutamos con este tipo de antología de la trivialidad.

Medio y mensaje. Ahora el mensaje no es suficiente, el contenido incluso se ha vuelto superfluo. Aunque Mc Luhan lo adelantó, sufrimos la dictadura del formato. Toni Cantó hace running con los votantes, Albert Rivera se hace fotos con Naranjito, un candidato a presidir la Generalitat „Ignacio Blanco„ se hace monologuista para arañar los suficientes votos para obtener el salvoconducto parlamentario. Blanco, al menos, no se oculta. Otros cuentan chistes disfrazados de elocuencia. El problema del joven líder de la coalición es que los sondeos no le son propicios. Resulta enternecedor el difícil equilibrio que demuestra al criticar a la derecha por obligación moral y distanciarse con elegancia del resto de la izquierda más demagoga por estrategia. Lo que delata a Blanco es lo que le dijo a Bernardo Guzmán el otro día en la SER a propósito de subsidiar la educación concertada a la pública de forma gradual, imagino que hasta su erradicación total. Esta izquierda tiene querencia natural a la prohibición.

8 de marzo. En la víspera del Día de la Mujer hay sindicatos que prohibirían la imagen de las enfermeras con cofia como reclamo publicitario. Y en determinados ámbitos „universitarios ni más ni menos„ se promueve la persecución del piropo. Ya sabemos que el halago debilita, pero los que se manifiestan contra la generalización de ese ejercicio natural del macho ibérico de cantar las lindezas de sus paisanas no lo hacen por eso. Quizás lo niegan por no merecerlos o no recibirlos. Los piropos digo. Con lo que el asunto hay que encuadrarlo en la mala gestión del séptimo pecado capital. Prohibir el piropo será como condenar la sonrisa

„como recordaba Umberto Eco en «El nombre de la rosa»„ o perseguir las cometas, una afición talibán. Respecto a las enfermeras-telefonistas con apariencia vintage y la polvareda corporativa que ha levantado, la cosa tiene que ver más con que idolatramos la imaginería. O nos sobra tiempo.

Profilaxis. Una ciudad que está a punto de abandonarse a la liturgia tribal de quemar sus símbolos y sus pesadillas es raro que no se ahorme en la psicología colectiva de lo que representa la tradición. Pero sucede. Nuestra antropología sí que mantiene elementos intocables. Aquí no confundimos con combustible las alegorías religiosas ni haríamos caricaturas con las efigies de nuestros santos. Del mismo modo jamás se nos ocurriría retratar a Mahoma o partirse la caja con el Corán. Es una especie de autocensura genética. Es decir, sí que hay cuestiones tabú. Y algo de complejos en el caso de los piropos o las chicas disfrazadas de enfermeras.

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