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El hombre que va a ciegas por la catedral

El canónigo Jaime Sancho, custodio del patrimonio histórico-artístico de la diócesis, pasa a emérito en la Facultad de Teología tras 42 años impartiendo Liturgia - Un homenaje, con libro incluido, ensalza su trabajo en el arte de la Seo y como maestro de ceremonias

El hombre que va a ciegas por la catedral

Es uno de los sabios con alzacuello que deambulan por el triángulo de las sotanas del cap i casal: de la catedral a la Facultad de Teología y de allí al palacio arzobispal. En toda la curia valenciana sólo él ha sobrevivido con un cargo de responsabilidad a siete arzobispos. Desde Marcelino Olaechea al cardenal Cañizares, pasando por la interinidad de González Moralejo. La Seo es su casa: se la conoce hasta el último rincón.

Hay quien apostaría a que con una venda en los ojos es capaz de encontrar las tres losas del pavimento catedralicio bajo las cuales se esconde una angosta y desconocida escalera, de veintiún peldaños, que desciende a la vieja cripta de los canónigos: una gruta subterránea que sirvió como pudridero de la catedral entre los siglos XVI y XIX hasta que los cuerpos de los canónigos se enterraban de forma definitiva.

Pero antes que erudito, ha sido sabio divulgador. Conservador, le llaman algunos. Él ríe y matiza: «No soy conservador, soy responsable». Una forma de verlo. Ahora, a Jaime Sancho —canónigo de la catedral desde 1995 y máximo custodio del patrimonio histórico-artístico y de la liturgia de la diócesis de Valencia desde hace dos décadas— le llega un homenaje con libro incluido. El motivo es su pase a la reserva como profesor de la Facultad de Teología. El acto abierto es mañana a las 19 horas en la Facultad de Teología.

Ya es catedrático emérito quien ha sido durante 42 años —desde la misma fundación de la facultad— el profesor de Liturgia de la casa. El hombre que ha formado a la mayoría de los curas valencianos en el arte del ceremonial católico, la esencia visible de cualquier rito. El resultado, cuenta él, trasciende las aulas. «Se ha conseguido una educación del pueblo. Antes era una cosa privada y bastante anárquica. Ahora, sin hacer ensayos, todo el mundo sabe cómo se celebra, cómo se lee, cómo se actúa en la liturgia». Su línea, dice, ha intentado guardar «un equilibrio entre tradición y renovación».

Pero Jaime Sancho es mucho más que su faceta de liturgo convencional y director de ceremonias. Mucho más que el hombre que siempre está ahí, al lado del foco de interés, en las grandes ocasiones: ya sea la entrada del arzobispo Osoro, el entierro del cardenal García-Gasco o las ceremonias que presidió en Valencia el papa Benedicto XVI.

También ha sido el motor para la recuperación del rito hispano-mozárabe, el ritual utilizado clandestinamente por los cristianos valencianos que permanecieron bajo la dominación musulmana.

El rito hispano-mozárabe llevaba más de 700 años desaparecido tras la introducción del actual rito romano. Sancho había dedicado su tesis doctoral al rito mozárabe. Ya en 1975 asistió a un congreso de estudios mozárabes con la intención de participar en la revisión y actualización de la liturgia hispánica para superar los libros del cardenal Cisneros de hace medio milenio que por entonces se utilizaban. Encabezando una comisión, empezaron el trabajo. «Nos reunimos durante ocho años y en ella elaboramos el misal hispano-mozárabe, el leccionario y algunos sacramentos: confirmación, bautismo, exequias. Eso nos permitió recuperar la pureza del rito».

Siete siglos después de la última ocasión, el 22 de enero de 1993, el entonces arzobispo de Valencia, el cardenal Agustín García-Gasco, ofició de nuevo en la primitiva basílica sepulcral de San Vicente Mártir una misa según el rito hispano-mozárabe. Cada año desde entonces se repite esta celebración en la cripta visigoda construida en La Roqueta, el lugar donde estuvo encarcelado San Vicente Mártir.

La clave de la Llum de les Imatges

La tercera gran esfera del profesor Sancho Andreu ha sido el arte sacro. Sostienen en el prólogo los coordinadores del libro Laus mea Dominus, en homenaje a Jaime Sancho, que «el estado actual de la catedral valentina, su esplendor y la puesta en valor tanto de su fábrica como del rico patrimonio artístico que encierra no puede comprenderse sin la ingente labor de estudio y restauración propiciada por don Jaime». Con dos hitos.

Primero, la exposición de La Llum de les Imatges de 1999, de la que fue comisario eclesiástico. «Aquello supuso un antes y un después: cambió la imagen de la catedral», dice. El segundo fue el descubrimiento, en 2004, de las pinturas de los ángeles renacentistas que habían permanecido ocultos tras la falsa bóveda de la cabecera de la catedral coronando la capilla mayor. «Es lo más emocionante que ha ocurrido. Fue una impresión muy fuerte descubrirlos en ese estado», evoca. Aquellos ángeles surgieron de la clandestinidad por un proyecto de restauración del ábside barroco impulsado por Sancho. Siempre ha tenido una prioridad: «Hay que revalorizar nuestros bienes culturales y nuestra historia». Para ello ha buscado siempre el dinero público.

Dice Sancho, de 73 años, que ha sacrificado su faceta de investigador para que prevaleciera la de divulgador. Ahora está enfrascado en sistemas —códigos QR y demás— que informen por el móvil qué tiene ante sus ojos el visitante de la catedral. A Sancho no le hacen falta. Es como los monjes de El nombre de la rosa: podría ir de noche por sus pasillos, grutas y capillas sin tropezar.

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