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Barberá se hundió sola

Barberá se hundió sola

Barberá se hundió sola

Un grupo de dirigentes del PP se ha puesto bata de forense y ha decidido que Rita Barberá murió de la presión política que le había hundido. Y ha acusado todo el que la criticó. Pero si quieren que hablemos del estado penoso en que se arrastraba Barberá, hablemos, y miremos cuál ha sido la concatenación de hechos.

Hubo una época en que el PP valenciano hacía y deshacía y metía la mano por todas partes. Los dedos untados eran el reverso oscuro del espectáculo de grandes obras y grandes acontecimiento, de la Fórmula 1 a la visita del Papa. De Valencia procedía una gran parte de la crisis de corrupción que casi cuesta el gobierno al PP de Rajoy.

Para salvar la piel, el PP anunció propósito de enmienda, y para hacerlo creíble prometió que todo afiliado investigado (antes, imputado) tendría que dejar el cargo público, en caso de tenerlo. El pacto de investidura con Ciudadanos hizo más difícil escabullirse del compromiso. Rita Barberá parecía estar al margen de las oleadas de porquería que le rodeaban, pero al final le alcanzó por presuntamente hacer pasar como donativo propio mil euros de financiación opaca del partido. El caso es que el juez decidió investigarla. Y según el nuevo código del PP, esto implicaba que debía abandonar el cargo de senadora.

Cuando le dijeron que tenía que hacer el sacrificio, ella contestó que de ninguna manera. Que el escaño era suyo y no se lo podían quitar. Y en buena ley era cierto. Tan cierto como que el PP la podía dar del baja del partido, y así cumpliría la prometida de no tener ningún parlamentario investigado por corrupción. Fue ella la que decidió quedarse el escaño y desafiar al partido. Un partido que le debe de mucho, pero al cual también ella debe mucho: estas cosas siempre son de ida y vuelta. Pero desde que ella dio el portazo, el partido se desentendió. Lógicamente.

Si Barberá hubiera renunciado al escaño, el partido le habría dado las gracias y quizás habría tenido su «escalf». Pero ella misma decidió estropearlo. Jugó como si todavía tuviera todos los ases. Como si le tuvieran que poner la alfombra. Quizás no conocía bastante a Rajoy, aquel a quien había salvado la vida política.

Ahora, muchas lágrimas de cocodrilo, pero con esto ya se cuenta. Y el populismo indigno de usar el cadáver caliente como munición contra el adversario. Pero los hechos son los que son, y pasaron en el orden en que pasaron.

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