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Una familia en pie de guerra

La muerte de Vicente Sala acabó precipitando el cese del reparto de dividendos en la familia

La mañana del día de la Inmaculada, apenas unas horas antes de que fuera asesinada, María del Carmen Martínez fue a misa con su hermana Toñi, la misma que la llevó a recoger el coche en el que a eso de las siete de la tarde del día siguiente le descerrajaron dos tiros en la cabeza. La mujer era asidua a la parroquia de Vistahermosa, donde cada domingo solía ir acompañada por su hijo Vicente y a la que, ironías del destino, acude también el juez al que le ha correspondido la investigación de su muerte. Lejos de esa antesala de un crimen que mantiene conmocionada a la sociedad de Alicante quedan las primeras andanzas de Rafael Martínez. Padre de María del Carmen y de Toñi y de otros dos hijos de un segundo matrimonio, Rafael y Margarita, con los que la viuda del expresidente de la CAM Vicente Sala nunca quiso tener relación, es, en gran medida, el artífice de un imperio que sólo en el último año facturó más de 240 millones de euros y que cuenta con un patrimonio neto de 200 millones.

Recorriendo la provincia con su camioneta para recoger neumáticos usados que luego transformaba en caucho, El Rapiña, que es como se conocía a este aspense que murió no hace mucho superados ya los 90, amasó una fortuna que su yerno Vicente supo convertir en un entramado empresarial. Un emporio que ha acabado siendo la tumba de unas relaciones familiares tensas desde hace un par de años, insostenibles desde unos meses y ahora inexistentes.

La unión del clan que formó con María del Carmen (un varón y tres chicas) que el empresario de Novelda quiso escenificar con cuatro chalés rodeando la mansión de los progenitores en la que toda la familia (hijos, nuera/yernos y nietos) se reunían a diario a la mesa (una cocinera se encargaba de guisar para todos) comenzó a desmoronarse con la enfermedad y muerte del patriarca en agosto de 2011 a los 72 años, la misma edad a la que ha sido asesinada su viuda. Los intereses en los negocios familiares, en los que Sala dio entrada a su prole de una manera equitativa, han hecho el resto.

Crisis interna

Ecuánime en la división, el empresario distribuyó el poder sobre el patrimonio otorgando un 20 % a cada uno de sus cuatro hijos, el 17,5 a su mujer (además de la acción de oro que, en definitiva, le daba el poder de decisión sobre el resto) y el 2,5 % restante a su cuñada Toñi, que para eso también era hija de El Rapiña.

Con esa división y los entre 300.000 y 400.000 euros que cada hijo (unidad familiar) de los Sala venía recibiendo al año en concepto de dividendos, las diferencias que pudieran existir se mantenían solapadas. Esa cantidad no sólo les permitía llevar una vida holgada sino que sus hijos (entre los cuatro hermanos suman 10) pudieran cursar sus estudios en el extranjero, como así lo han hecho.

Pero los nietos van creciendo y es el mayor del primogénito, de nombre Vicente como su padre y como su abuelo, formado en EE UU y con poco más de veinte años, quien lanza la idea de dejar de repartir dividendos y que, en su lugar, se pase a recibir un sueldo por el trabajo en la empresa familiar que, en el caso de sus tías, nadie acierta muy bien a concretar cuál es. Una propuesta que se pone en marcha con el apoyo de su padre y el visto de bueno de la abuela María del Carmen y que, de hecho, deja a sus hijas (unidades familiares) con una economía de subsistencia (unos 3.000 euros al mes) en comparación con los ingresos que venían percibiendo y a los que habían acomodado su ritmo de vida.

Aseguran personas de su entorno que la situación a raíz de este cambio es tan apurada que se llega a poner en juego si los hijos de las Sala Martínez que están estudiando fuera de España, van a poder seguir haciéndolo. La economía doméstica, sin contar con los dividendos, no da para esas alegrías.

A partir de ese momento las relaciones de Mar, Tania y Fany con su hermano y su sobrino Vicente se tornan tan tensas que a los últimos consejos de administración directamente envían a sus abogados: primero letrados del prestigioso bufete Cuatrecasas y después del reconocido Uría Menéndez, de Madrid. Es en medio de esta tirantez familiar, cuando ninguna de las tres hijas mantiene ya prácticamente relación con su madre, hasta el punto de no dirigirse la palabra, el momento en que María de Carmen se empecina en ceder a su hijo esa acción de oro o, lo que es lo mismo, el control sobre todo el patrimonio. Una decisión que es revocada por el Registro Mercantil, al que las tres hermanas recurren argumentando que les deja en franca desventaja respecto al resto de los socios (su hermano, fundamentalmente, su madre y su tía) pese a sumar entre las tres el 60 % del poder de decisión.

En las consultas legales para llevar a cabo su pretensión andaba liada María del Carmen cuando los dos disparos de quien la Policía sospecha que eran de un sicario acabaron con su vida. De hecho, unos días después del crimen la matriarca de los Sala había quedado con un experto al que le había encargado un dictamen sobre la transmisión de la codiciada acción.

Un informe que, aunque ella ya nunca lo sabrá, frustraba su pretensión de trasladar a su hijo la capacidad de decisión en las empresas familiares: el cambio de titular no es posible cuando se trata de personas físicas, luego este derecho de veto estaba condenado a morir con ella, como ha ocurrido.

El pie en el cuello

Quienes les conocen afirman que con la decisión de dejar de repartir dividendos se puso a las hijas (y a sus familias) contra las cuerdas, con un pie en el cuello.

Tras la separación de Manuel Soler (Cholo) y Tania y su salida del clan familiar, el marido de Mar, por ejemplo, Abacuc Méndez, ha acabado vendiendo su farmacia en Alicante por una cifra con la que garantiza con creces la formación de sus dos hijos.

Queda la pareja formada por Fany y Miguel López, responsable de Novocar, el local en el que fue asesinada su suegra. Un negocio que ahora supone todo el sustento de la familia junto a sueldo que del imperio Sala percibe su mujer. Porque lo de comer todos juntos en torno a la mesa de los padres hace ya tiempo que forma parte de la historia de una familia rota.

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