Una infancia bajo la sombra de ETA
Mª Carmen Fuentes, hija del teniente coronel Juan Manuel Fuentes, ya fallecido por causas naturales, rememora sus recuerdos bajo la amenaza de la banda terrorista
Nací en el 84 en el seno de una familia donde mi padre era militar y mi madre ama de casa. Crecí en un ambiente militar, rodeada de familias como la mía; nada especial. No para mí. Pero sí que lo éramos. Con el paso de los años he podido digerir que lo que detectábamos como una infancia feliz con ciertas preocupaciones, las que teníamos no correspondían a niño@s de nuestra edad.
Y es que cada mañana, había que levantarse temprano y, antes de enfundarte el uniforme del colegio, era imprescindible ponerse el chándal y salir a la calle. Era el momento de mayor responsabilidad que íbamos a tener en todo el día. Y sin saberlo, en toda nuestra vida. Había que revisar los bajos del coche, no fuera que hubiera una bomba lapa. De nosotros dependía la seguridad de la familia. Y más después de Irene Villa. No nos podíamos permitir ningún fallo.
Y por eso, cada vez que aparecía un coche nuevo o viejo, que no fuera habitual de los vecinos, se corría la voz y había que dar el aviso a la policía militar para que lo revisaran.
El miedo y la inseguridad, el comprobar cada movimiento y mirar cada esquina, el ser capaz de encontrar en cuestión de segundos la salida de emergencia en el cine o las vías de posible evacuación en las mascletades era algo que llevábamos impregnado en nuestro ADN. Y es que lo de ser hij@ de militar, no es algo que decidas, ni tampoco que nadie fuera objetivo de la banda terrorista, pero sí algo que te acompaña toda tu vida..
Por eso durante años, mis compañeros del colegio sólo sabían que mi padre era funcionario, pero nunca podíamos concretar si era cartero, maestro o militar.
Por eso durante años, debíamos seguir una ruta diferente cada día y salir de casa a distintas horas.
Por eso durante años, nuestros padres jamás pudieron venir a recogernos al colegio.
Por eso durante años, nuestra infancia no fue «normal».
Vivíamos encapsulados en la desconfianza y la inseguridad, y en nuestros juegos diarios no existían los «polis y cacos» sino los «militares y terroristas», y en nuestras pesadillas nocturnas no venía el coco a llevarte en ningún saco, sino que aparecían etarras con bolsas de Hipercor.
Por eso tras cada atentado, en una época en la que las noticias no corrían igual de rápido que en la era 2.0, las miradas eran candentes en la plaza de juegos, hasta que poco a poco nuestras madres nos daban la noticia de que nuestro padre estaba a salvo. Como en una ruleta rusa€ Y hubo un día en el que no todos los padres estuvieron a salvo. Sin poder describir ni hacer justicia a todo lo que conllevó eso en nuestros infantiles pensamientos. Horrible pesadilla.
Todo esto ocurrió en el poblado militar de Bétera, en València. No era el País Vasco, no éramos la cúpula de los políticos, ni de los militares, ni de los revolucionarios universitarios. Simplemente éramos un grupo de niñ@s. Asustados. Sólo queríamos crecer. Crecer sin miedo.
Y entonces sucedió. Con nombre propio y apellidos. Miguel Ángel Blanco. 1997. Un joven concejal de Ermua que tuvo la mala fortuna de ser el protagonista de un hecho histórico. Que a pesar de su fatal desenlace, lo que éste supuso, honra cada día a su memoria. La sociedad enmudeció ante este caso. Las manos blancas salieron a las calles, bajo el sordo grito de «¡Basta ya!». Ahí, nosotros, los pequeños «hijos» sentimos por primera vez que no estábamos solos. El resto de compañeros de clase comenzaron a entender nuestra situación. Nunca un lazo de un color pudo unir más€ La sociedad española cogía un impulso fuerza, y poco a poco la banda se fue debilitando. Poco a poco. Hasta hoy.
Y hoy puedo decir, como en la frase que rezábamos al tocar pared jugando al escondite, «por mí y por todos mis compañeros», (y por nuestros hijos), que hoy sí, tendremos dulces sueños.
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