08 de marzo de 2019
08.03.2019

"Somos esclavas del siglo XXI"

El 90 % de las trabajadoras del hogar son mujeres migrantes

08.03.2019 | 04:15
Lola Jacinto apoya a las mujeres que, en situación irregular, encuentran en el trabajo de interna su forma de subsistir.

El empleo de los cuidados ha sido históricamente ejercido por mujeres. El perfil desde entonces ha virado a su expresión más precaria: la de mujeres migradas que encuentran en el trabajo de interna su salvavidas ante un posible encierro en un CIE

La Ley de Extranjería obliga a las personas migrantes que llegan a España sin haber regularizado su situación a estar empadronadas en el país al menos durante tres años. Con estos requisitos, son pocas las empresas que se arriesgan a contratarlas, por lo que la mayoría no tiene más remedio que subsistir en la economía sumergida. En el caso de los hombres, encuentran su refugio en la venta ambulante. En el de las mujeres, lo hacen en el trabajo del hogar. Un empleo históricamente ejercido por mujeres. El perfil, desde entonces, ha cambiado poco, pero ha virado a su expresión más precaria: ahora ellas son migrantes.
«La mayoría de nosotras llegamos en una situación de escasez económica absoluta. Yo vengo de Colombia, de haber estado manteniendo a toda mi familia hasta que las deudas comenzaron a crecer. Al final llegas aquí y te agarras a un clavo ardiendo», explica Carla (nombre ficticio para preservar su seguridad). Ella no tiene papeles y, a sus 23 años, no tuvo más remedio que acudir al empleo del hogar como interna, algo que siempre ha comparado con la «libertad condicional».
Encerrada en un hogar que no es el suyo, desviviéndose por una persona que apenas conoce, pocas veces ve la luz del día. «El contrato indica que tienes 36 horas libres a la semana», relata Carla. Pero la verdad es que pocas veces se cumple. «Utilizan nuestra necesidad para beneficiarse de nuestra precariedad, de no poder decir 'no'», denuncia, «somos las esclavas del siglo XXI».
Sin sentir el apoyo de nadie durante mucho tiempo, Carla encontró en Lola Jacinto y en la Asociación Intercultural de Profesionales del Hogar y Cuidados de València un reducto en el que sentirse respaldada. «Cuando llegamos a España de manera irregular, son muy pocos los trabajos en los que podemos acceder al empleo sin tener los papeles en regla y, mucho menos, sin poder homologar los estudios que traes de tu país», lamenta Jacinto. «Allí eres alguien», reconoce, «llegas aquí y no eres nadie».
«El único empleo que te abre las puertas es el del hogar», incide. Y es que, además de facilitar el acceso al empadronamiento, al aceptar este trabajo las mujeres en situación irregular pueden al menos sentirse a salvo de un probable encierro en un Centro de Internamiento de Extranjeros (CIE). «Estás prácticamente aislada del exterior», reconoce, «te encuentras menos expuesta a una posible redada racista». Pese a todo, sienten que su trabajo sigue siendo devaluado por una mirada «clasista» y «patriarcal». El primer indicio lo apreciaron cuando les entregaron el uniforme de trabajo. «Es un síntoma de sumisión que alimenta la relación de poder entre tu jefa y tú hasta señalarte como 'la otra'», reconoce Jacinto. «Dejas atrás toda la personalidad que eras o eres y pierdes todo», lamenta. A Carla le obligan a llevar puesto «un delantal inmenso» que no puede quitarse bajo ninguna circunstancia. Un elemento que «te hace sentir inferior, que te cataloga como 'la chica de la señora', como si siempre tuvieras que agachar la cabeza».
Reducirse a la mínima expresión por un trabajo que «sostiene la vida». «No exageramos cuando afirmamos que se trata de un trabajo esencial en la sociedad. Nosotras realmente hacemos la vida fácil a los hombres y mujeres de aquí ahora que han salido al mercado laboral», reconoce Carla. «Dime cuántos hijos buscan el tiempo necesario para cuidar a sus padres». En su caso, los hijos de la mujer a la que cuida visitan a su madre «esporádicamente» una hora al día, dos o tres veces por semana. «La sociedad española está relegando la responsabilidad de sus seres queridos (padres, madres e hijos) en nosotras, a las que venimos de fuera, a las que necesitamos un empleo, comida o techo», señala.

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