Rafael Ros comparte con su padre mucho más que el nombre y el apellido. El joven de 17 años y con autismo solo estudió un curso en un aula CyL (Comunicación y Lenguaje), cuando tenía 5 años, y ahí «aprendió todo lo que sabe, a sumar, a multiplicar, a dividir... Trabajaron los hábitos y la comunicación. El resto del tiempo escolar no tuvo apoyos específicos en el colegio y, a las 12 años, pasó a un Centro de Educación Especial, que es donde ahora acude». La familia reclama para Rafael un centro de día, «porque no hay plazas y ¿qué hará Rafael cuando acabe la escolarización?». Su padre es un autónomo que vive por y para su hijo. De su bolsillo ha pagado todas y cada una de las terapias a las que ha tenido acceso Rafael, el pequeño de cinco hermanas que «han hecho con él lo que han querido, por eso Rafael no es reacio al contacto físico». La familia gira y vive en torno a él. Como un satélite.

Rafael es un adolescente y como tal le interesan las chicas y tiene conductas disruptivas. Lo que más le gusta es ir en coche y tiene altas capacidades para la música. Canturrea todo el rato. No para quieto. «Tras años y años de ensayo-error hemos dado con una medicación que le ayuda», explica un padre, que tiene el comedor repleto de «consejos» que ayudan a interactuar con Rafael hijo porque «él necesita órdenes directas, pues no tiene iniciativa, pero cuando se las das, responde. Es capaz de muchas cosas pero la Administración no entiende que todo lo que invierta ahora lo ahorrará en un futuro».